Paris desde la otra mirada

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  • Publicado por: Rubén 

Le Royal Republique. París desde otra mirada. Los mosaicos de terrazas apretadas en los multifamiliares que quieren adornar el viaje en tren de Charles de Gaulle a Gare du Nord, cada una con su parabólica apuntando en la misma dirección que sus vecinas. El graffiti universal. Los sin techo instalados en cada cuadra, con complicados lechos de cartón y energía eléctrica. Notre Dame impresionante con sus gárgolas completas o descabezadas vigilando el paso de peatones y de siglos. París a finales de invierno, frío, seco. Cafés en cada esquina, sex shops en cada dos, expresos diminutos, una argolla gruesa en la banqueta, frío delicioso que no hace otra cosa que llamarte por tu nombre, imaginar el calor de tu piel y la profundidad de tu mirada.

París me observa desde otra mirada. Descubre mi deseo congelado y me recuerda que me estás esperando, con tu sonrisa de siempre, tan presente que no pareces ausente. No puedo dejar de pensar en el jorobado de Notre Dame, sus gárgolas y la gitana Esmeralda que no aparece por ningún lado. Extraño tu voz en castellano y el brillo de tus ojos. Empieza a calentar este sol de París, que es el mismo sol que tú y yo conocemos caliente en Guerrero y en Morelos. El sol nuestro de cada día.

No hay dos paredes iguales, ni dos techos o dos columnas iguales en este Hôtel de Ville que rinde homenaje igual a las regiones francesas que a los oficios del hombre.

Notre Dame en restauración y Esmeralda no aparece.

No podría contar todas las luces de estos candelabros, ni el número de puertas altísimas de madera, ni los sillones rojos desperdigados, ni los jarrones en exhibición, ni los ojos y los tonos de la piel que me rodean. No podría contar las horas sin ti, ni los días en que no te veo, ni la intensidad o la velocidad de estas palabras que fluyen en tu memoria. No podría adivinar tu aroma ni los espejos que multiplican este espacio a mi lado en que haces falta. Las cortinas de flor de lis, el cielo gris de París que me tienta desde otra mirada. Las sillas doradas y los manteles azules. Las palomas espantadas y las eternas gárgolas jugando a asustarlo todo. Los grabados en las columnas de madera y en las columnas de piedra. Tampoco dos estatuas iguales. Piedra, mármol, madera, metal; hombres, mujeres y niños, vestidos y desnudos. Cena en frío, inesperada, irreconocible. Carnes frías, quesos, jitomates cocidos, salmón en rojo y en rollos, frijoles secos, patés y pasteles. Todo con pan y vino tinto. Que bueno que tengo el sentido del gusto: saboreo la comida religiosamente, como uno de los descubrimientos más grandes de mi existencia. Expresos diminutos incluidos. Incluido un pastelito de coco que imaginé de queso.

Que bueno que tengo el resto de los sentidos, todos incluidos, como el del oído, permanentemente agobiado por el recuerdo de tu risa; el del olfato, alterado y disminuido; el de la vista, dañado desde que tengo memoria, indispensable; el del tacto, que sirve igual para sentir la roca fría en la montaña que para recorrerte. Y el del sexo. Que bueno que tengo el sentido del sexo, para desearte como lo hago ahora, en esta simbiosis de todos mis sentidos reunidos, concentrados, palpitando, buscando, esperando el tiempo y el espacio para volcarse en ti, en tus ojos, en tu cuerpo.

Juego a diseñarte ahora. El contorno de tus manos, que se mueven despacio cuando me tocan y como que cantan o bailan cuando hablas, y entonces son ellas, autónomas, las que atrapan mi atención. Pocas cosas tuyas como tus manos vivas, sedosas y sedantes, hábiles y silenciosas, expresivas y pacientes, útiles y ornamentales. Pocas cosas tuyas como tus manos y tus dedos, uno a uno independientes, cargando juntos el aire que respiro para calentarlo y aromatizarlo. Obscenos tus dedos cuando se acarician entre sí, cuando visitan tu otra mano o la mía y se deslizan entre mis dedos. Hermosos tus dedos en mis labios, en mi pecho o en mi cara. Hermosos tus dedos que te visten y me desvisten. Preciosos, nutritivos, labriegos. Seductores tus dedos cuando acarician tu boca o tu cabello. Calientes en el color de tu piel y en su extensión a tus brazos.

No sabes de que modo esta tarde fría en París me urge el encuentro de tus manos. Invento tus hombros y sólo puedo hacerlo con mis manos y mi boca. Me excita tenerte tan presente. Tus hombros que son el nido de tu sensualidad, del que puedo partir igual a tu cuello desnudo o a tu nuca. Es que tus hombros pueden iniciar el ritual de rendir homenaje a tu cuerpo. Tu erotismo inicia en ellos, en su calor, en su suavidad, en su aroma, en su sabor. Puedo reconocerte desde tus hombros, empezar en ellos mi propio camino hacia ti.

París desde otra mirada.

Haces falta en esta locura, madrugando en la estación de Iéna con el capricho de ver París con otros ojos. No hay mucha vida a las seis de la mañana al pie de la Tour Eiffel; menos con estos dos grados centígrados.

Cómo te extraño. No sabes lo que significa imaginar tus pies fríos, como quiera calientes, en el trayecto del metro. Cómo te habría impactado, digo yo, recorrer callecitas vecinas para no congelarte por horas, contando tus pasos de diez en diez, sintiendo el tren que se acerca a tres cuadras de distancia, espiando de reojo las luces que poco a poco se van prendiendo en Motte-Picquet, deseándome como no dejo de hacerlo yo, reestructurando nuestro próximo encuentro, calentándolo desde ahora piel a piel, imaginando tú también la delicia de una tina con agua caliente, devorando aparadores para ti sola, sobre todo aquél dos cuadras atrás, con reliquias encuadernadas y figuras de culturas recién inventadas.

Te imagino conmigo en esta esquina en Grenelle, acariciando esta taza de café como si fuera un amor, cariñosamente, disfrutándolo a sorbos, adorando su espuma, diluyéndola con los labios. También habrías recorrido los jardines del Parc du Champ de Mars contando el atrevimiento de palomas congeladas, interpretando la huída o el recogimiento de las ardillas, pisando con cuidado la tierra siglos ha testigo de combates que adivinas, esperando el semáforo en verde para cruzar calles donde no transita nadie, imaginando la vista que en las madrugadas de invierno tendrías de la Tour si te sumergieras ahora mismo, conmigo, en la tina de ese estudio de quinto piso en este distrito histórico que me gusta para retirarnos juntos, horas, días, años, edades ciegas o siglos estelares, adelantó Neruda.

Café, croissant y jugo de naranja, con tanto frío y la búsqueda incesante de papel para describirte París desde otra mirada, esta mirada, mi mirada para ti, en este espacio que me pediste dibujarte y en el que no has dejado de estar presente un minuto. No me preguntes demasiado sobre París: no preguntes el número de palomas o el modo que tienen los gorriones de comer volando y en parvada de mi mano: no preguntes el número de balcones en el barrio latino ni el de árboles secos ni la temperatura gélida del Sena o del agua que escapa en cada alcantarilla: no preguntes si París es llano o si las calles de la Montagne suben o bajan: no me preguntes cuántas columnas inmensas y quemadas tiene el Panthéon, ni las cuadras que lo separan del Palaix du Luxembourg, ni el rumbo de las librerías de viejo o del laboratorio de Pasteur: no me preguntes cuánto cuesta un viaje en metro, los efectos del invierno en las enredaderas de los edificios más viejos, ni cuántos colores hay en los cuántos vitrales de las cuántas iglesias que visité para ti: no me preguntes en que esquina faltan estatuas o parques o baños públicos: no me preguntes cómo es París ni que tren te lleva al aeropuerto de Orly ni en que sótano se instaló el cuartel de la resistencia durante la segunda guerra: no me preguntes que hay en la isla más grande del Sena ni el modelo de las patrullas: no me preguntes a que sabe un croissant con Mecano en francés al fondo, ni a que hora abren las tiendas de montaña los domingos: no me preguntes los colores ni las texturas de la lencería que no quise imaginar en tu cuerpo porque hacía mucho frío: no me preguntes por estatuas de leones o de jinetes o monumentos a la República o a la defensa: no me pidas referencias de Joan d’Arc, ni me preguntes si el Louvre es escandalosamente enorme o si las galerías de antigüedades valen la pena: no me preguntes como se ve París desde otra mirada, ni me preguntes si hacía mucho frío, ni me preguntes si me acordé de ti.