El Raite

Placeholder
  • Publicado por: JoJo Arizona  

La ví, y me quedé frío. Realmente me encantó. Era la clase de mujer que vive en mis fantasías.

Me puse nervioso. Siempre pasa.

Según yo, el verdadero secreto de los grandes conquistadores, es que pueden platicar con las chicas que les gustan, con la misma tranquilidad que muestran cuando conversan con una que no. Yo no puedo hacerlo: si me gusta, me derrito. Me pongo nervioso y como tonto.

Por eso, cuando la vi sentada fumando un cigarrillo me detuve un instante a mirarla sin más intenciones que admirar su belleza. Llevaba el pelo largo y rubio. Sus ojos eran azules. La nariz era grande, y seguramente rompía con el cliché de la típica cara bonita, pero le daba un toque intelectual, hermoso.

Su boca, dejaba ver una sonrisa inteligente, e invitaba a volverse loco imaginando sus besos. Su cuerpo, era lo más perfecto que yo haya visto en la vida. No hace falta decir más. Aunque seguramente, ella pensaba lo contrario. Siempre pasa.

Busqué algún pretexto para hablarle, pero no lo encontré. En cambio hallé razones para irme de ahí: iba a una junta de un proyecto caótico, de esos que cuando acaban, respiras aliviado. Había llegado tarde a la junta anterior, y no podía permitir que me sucediera de nuevo.

Me fui de ahí.

Caminé hacia el estacionamiento, sintiendo que debí hablarle. No sé, decirle algo inteligente que provocara su sonrisa.

Ya luego habría tiempo.

Me consolé pensando que si estaba en los estudios, era porque trabajaría en la industria fílmica, y eventualmente nos volveríamos a topar.

Ya habría tiempo para conocerla y enamorarla. Para hacerle el amor desenfrenadamente. Tiempo para acudir al peor de los clichés, preguntándole dónde había estado todos estos años, mientras mis labios la besaran desde la nuca, hasta el fin de la espalda. Después, mi lengua recorrería el camino, hasta deleitarme con su miel, y deleitarla hasta el éxtasis con mi degustación. Otra vez, mis besos recorrerían el camino hasta su boca, pasando por el abdomen y el plexo solar. Luego una larga pausa, para acariciar delicadamente sus pezones erguidos, con mi lengua y dientes. Finalmente subir por su cuello, hasta sentir su boca respirar junto a la mía.

Ya tendría el tiempo para entrar en ella despacito, mientras mi lengua entra simultáneamente en su boca.

Salí del estacionamiento, y cuando iba llegando a la avenida principal, la vi parando un taxi.

Se veía hermosa.

El taxi no se detuvo. Como si no la hubiera visto. Como si estuviera ciego, o tonto, o de plano no le gustaran las mujeres.

Una nube se movió dejando pasar unos rayos de sol, que iluminaron su blonda cabellera, cubriéndola con un halo angelical.

En un impulso que no pude cuestionar, abrí la ventana del copiloto, avancé hasta a ella y le ofrecí un raite. Un aventón.

Y así, como si la realidad fuera una película; como si los periódicos y noticieros de la ciudad no hablaran nunca de secuestros y asesinatos, ella aceptó el raite con una sonrisa. Subió a mi auto y empezamos a platicar: magia pura.

Hablamos de películas y de guiones. De productores y directores. De la parte horrible de la industria, y de nuestros sueños profesionales.

En un segundo sentí el poder de esa magia. Todo parecía salido de un guión, que tras el típico CORTE A me llevaría a su alcoba, al momento preciso, donde un suspiro delata su enorme placer.

Sigo besándola. Su lengua bien adentro de mi boca. Me encanta el sabor de su boca. Su cuerpo y mi mente me regalan las sensaciones más poderosas del sistema nervioso. El vaivén de mi pelvis, hace temblar su cuerpo. Me encanta su cuerpo. Poco a poco, su respiración empieza a agitarse, y yo, a seguir con precisión su ritmo hasta los gemidos. Los de ambos. Sus caderas se contraen, y al mismo tiempo mi orgasmo me roba la consciencia unos segundos. Me detengo a sentir como me aprieta, al ritmo de los latidos de su corazón.

Me voy al cielo. Enamorado.

CORTE A:

Mi teléfono sonó. El tráfico, que unos segundos antes era el mejor pretexto para alargar la plática, se convirtió en una terrible presión. Ya iba tarde a la junta. Siempre pasa.

No podía llevarla hasta su casa, y se lo dije. Ella, súper amable, me agradeció por haberla acercado y me regaló una de sus tarjetas.

Su nombre era, casualmente, el mismo de una hermosa estrella de cine. No era para menos. Qué linda coincidencia.

Cuando nos despedimos me dio un tierno beso en la mejilla, y me sonrió por última vez.

Llegué a la junta y el proyecto seguía siendo un caos.

Me sentí como un tonto por perseguir mis sueños profesionales y no haberla llevado hasta su hogar, por no haber aprovechado la magia, por no haber sospechado, que no habría tiempo para lo que pensé que habría…

Esa tarde la llamé con algún pretexto estúpido, y supongo que la ahuyenté con el nerviosismo que me acompaña siempre, al hablar con alguien que me gusta. Siempre pasa.

Nunca volví a verla.