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-¿Qué es
eso tan especial que encuentras en el chocolate? –me preguntó mi psicóloga cuando
descubrió que soy adicta a esa obscura, suave, dulce y pegajosa
sustancia. Mi respuesta fue inmediata:
-No
es el chocolate, sino los recuerdos que mi mente evoca cada vez que lo
como. –y entonces mi mente voló a la preparatoria. Yo acababa de
cumplir 16 años y Oscar, mi maestro, tenía 23. Él me hizo descubrir
ese nuevo sabor de una golosina que, en aquel entonces, a penas probaba.
Oscar
era maestro de literatura, en cada clase recorría el salón de lado a
lado, en sus cuatro direcciones, hasta que se detenía en el fondo
recargado en la pared a muy poca distancia de mi banca. Normalmente vestía
con pantalones de mezclilla playeras
tipo Polo, era un hombre pulcro, educado, excelente maestro. Las
inflexiones en su voz nos transportaban, invariablemente, a la historia
que leía por fragmentos durante la clase; gracias a esas narraciones
surgió mi deseo de escribir.
Esa
tarde yo recorría la escuela fuera del horario
de clases. Por la mañana olvidé llevar mi documentación para
inscribirme en el siguiente período y ese era el último día.
Afortunadamente me dieron la oportunidad de llevarla por la tarde.
De
regreso de la administración sentí curiosidad por ver mi salón de
clases vacío, sin gritos, papeles volando, escándalo, alumnos... Caminé
por el pasillo y encontré la puerta abierta de par en par; asomé el
rostro y Oscar estaba sentado en una de las esquinas del escritorio: una
de sus piernas se balanceaba colgando de la mesa mientras la otra se
estiraba sobre el piso como haciendo tierra.
Me
quedé observándolo inmóvil, vi cómo sus labios se abrían para
cubrir por completo una barra entera de chocolate. Sus ojos, cerrados,
disfrutaban al igual que sus labios de aquella caricia llena de dulce.
No sé cómo avancé lo suficiente para detenerme de nuevo a dos pasos
de él. Mi vista no podía apartarse de su boca y un cosquilleo
–completamente extraño para mí
en ese entonces- empezó a recorrer mi entre pierna. Era como si algo
oculto dentro de mi cuerpo empezara a surgir en forma líquida.
Oscar
metía y sacaba la barra entera de su boca; sin darme cuenta empecé a
emular el movimiento de sus labios con los míos intentando que la misma
sensación de placer me invadiera. Como movida por un instinto, di dos
pasos decisivos quedando a escasos centímetros de su cuerpo. Las
palpitaciones y el cosquilleo aumentaron con el roce de mis piernas al
caminar, mi boca quería unirse a su forma, deseaba sacar aquel rectángulo
dulce y meterlo en mis labios. Estaba a punto de hacerlo, de arrebatarlo
de sus manos cuando mi respiración agitada me delató con un leve
gemido.
Oscar
detuvo su movimiento y abrió los ojos. Yo quedé petrificada con una de
mis manos casi alcanzando la suya. Oscar me miró:
-¿Quieres
probarlo?
Antes de que yo pudiera bajar la
mano, la suya me alcanzó, depositó un extremo del chocolate en mis
dedos y me dijo mirándome y sonriendo:
-Inténtalo... Cierra los ojos y deja que él acaricie tu boca.
Así lo hice. Cerré los ojos, abrí los labios y dejé que se
deslizara dentro de mi boca una y otra vez. Oscar, pensando que lo hacía
demasiado rápido, se colocó a mis espaldas rodeando mi cintura con una
de sus manos para con la otra dirigir la mía, marcando el ritmo que debía
llevar. Cada que el dulce entraba a mi boca nuestras caderas se
balanceaban hacia delante y viceversa, ambos nos mecíamos contagiados
por el momento hasta que empecé a sentir algo diferente, algo que
provenía de su cadera y ejercía presión sobre mis nalgas. Oscar me
presionó más hacia su cuerpo, y con un dulce susurro me dijo:
-Tus labios lo están provocando.
De una forma sumamente delicada, sin perder el ritmo de nuestras
manos, me hizo girar para estar frente a frente. Sus labios, con
demasiada pericia, atraparon el chocolate sin sacarlo de los míos y
ambos empezamos a gozarlo sin dejar el movimiento. Entonces, mis manos
se encontraron con su cadera y las suyas con mis nalgas. Sin dejar de
besarnos a través de aquella pegajosa golosina, caminamos detrás del
escritorio; mis manos desabrocharon su pantalón, y junto con su ropa
interior, lo hicieron caer hasta los tobillos: por primera vez mis manos
tocaban el centro erecto de un hombre, por primera vez palpaban la
excitación masculina en su más álgido punto, y también por primera
vez, mis labios lo probaron aún con el sabor del chocolate invadiendo
mi boca.
-Renata... ¿cuáles son esos recuerdos? – la voz de mi psicóloga
me hizo volver al consultorio. –Te preguntaba ¿cuáles son esos
recuerdos?
Mi sonrisa lo dijo todo. No puedo mirar una barra de chocolate sin
recordar aquel día, sin sentir de nuevo en mis labios el placer que
Oscar provocó con su instrucción privada aquella tarde, sin sentir cómo
mi boca se amolda a su fisonomía. No puedo mirar una barra de chocolate
sin sentir ganas de volverlo a probar, sin tener un dulce recuerdo con
sabor amargo.
Déborah
Tourné.
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