Sobre la Carretera

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Lleva horas manejando, cansada de tanto tiempo detrás del volante sin una sola parada. Finalmente encuentra un lugar a la orilla del camino donde los camioneros pueden ducharse y comer algo caliente. Se estacionas frente a la entrada, toma su bolso y se decide a entrar. No es su intención hacer que los clientes y trabajadores del lugar volteen a verla, pero es difícil evitarlo cuando es la única mujer dentro del restaurante. Todos, excepto tú, la miran tratando tratando de quitarte con los ojos y la imaginación tus ropas tan reveladoras. 

Estás a la vuelta de la barra leyendo el periódico y tratando de olvidar tu vida. A tres lugares de distancia hay un banco vacío donde ella decide sentarse. El camarero le da un menú y una pequeña hoja enmicada con los paquetes de comidas completas; el mismo mesero le sirve café a su vecino de asiento y ambos murmuran algunas palabras obscenas sobre ella. Es hasta este momento que levantas la mirada para mirarla. 

Piensas que no es tan hermosa, pero siendo la única mujer alrededor, parece una reina ante todos. Ella pregunta por el baño y mientras cruza el lugar caminando, no puedes dejar de seguir la cadencia de sus caderas y piernas. 

Sí, es un bizcocho, tal y como lo dijo el tipo que está a tu lado. Esos pequeños shorts le dan una forma más redonda a sus nalgas. Los glúteos se mecen de un lado hacia el otro a cada paso que da, haciendo que imagines cómo se mecerían hacia adelante y hacia atrás al ser dirigidos por tus manos. El solo pensamiento hace que te ruborices e intentes regresar a tu lectura. 

Las voces de los hombres vuelven a llenar el silencio con comentarios, risas y sonidos inapreciables a tus oídos. Ella regresa al recinto en medio de un excitante pero pavoroso silencio, sabiendo que todos los ojos están dirigiros a su cuerpo, a sus movimientos, a sus caderas y senos balanceantes, incluso los tuyos. 

Finalmente se sienta de nuevo en la barra y se topa con tus mirada frente a la suya. Ella quiere ser amable, tener al menos un aliado en medio de aquella manada de lobos hambrientos, por lo que te sonríe, y respondes con un simple guiño. 

Está lista para ordenar una cerveza light fría, un bistec con papas, ensalada y pudín de chocolate para el postre. Mientras ella espera su comida, algunos de los choferes tienen que retirarse; la vista y las fantasías son maravillosos, pero es hora de regresar a la realidad y cumplir con el horario de trabajo. Tú no. No tienes hora para volver, ni tampoco un tiempo límite para llegar a otra ciudad o estado. Igual que ella, puedes tomarte el tiempo que quieras o sea necesario para disfrutar de la comida y descansar un poco del tedioso camino. Ella sabe que tú tampoco pertenece a ese sitio, ambos se detuvieron y llegaron ahí por mera coincidencia. Ella puede notar por la forma en que vistes, por tus modales al comer, e incluso por tu lectura que es de otra clase. En lugar de tener un cómic o un revista para caballeros en sus manos, sostienes el periódico. 

Ella empieza a comer, dando pequeños sorbos a la cerveza y cortando la carne en pequeños trozos. La forma en que toma los cubiertos es tan delicada, que puedes imaginarse ese par de manos acariciando tu piel tal y como lo está haciendo con la carne. El mesero te saca de sus pensamientos al preguntarle si quiere algo más; sólo café. Quieres permanecer ahí hasta que ella se vaya para observar cada movimiento que hace. Sus dedos toman una papa frita, y la forma en que la introduce a la boca te hace pensar en algo más grueso y largo que ella podría comer de estar contigo en un sitio privado. 

Ahora vierte un poco de catsup en la orilla del plato, toma otra papa para mojarla con al salsa; antes de morderla su lengua aparece para lamer la cobertura roja de aquel crujiente bocado, tu mente sigue volando hacia la misma sensación sintiendo ahora cómo su lengua podría hacer exactamente lo mismo con tu virilidad. para después de lamer cada una de las caras abrir su boca y recibirla por completo dentro de su boca. Por último, decide dar una pequeña, suave y delicada chupada a las puntas de sus dedos desapareciendo los restos de salsa por completo. 

Ella te mira y descubre el deseo en tus ojos, así que ahora es ella quien empieza a jugar con la comida mirándote directamente a los ojos e invitándote a que sigas soñando, fantaseando, jugando con cualquier parte de tu cuerpo donde quieras sentir sus labios, sus besos, sus caricias. Es un juego raro e invitante su boca y tú que nadie más puede entender. 

El mesero le trae el pudín de chocolate y ella lo pide para llevar junto con tres porciones más. Mientras tanto pregunta por el servicio de regaderas y vestidores para cambiarse de ropa. Lo dice en voz alta, y tú estás seguro que es con la intención de que tú lo escuches, como un mensaje público para que sepas que aún no se va. Ella toma el pudín y sale del comedor; tú pides la cuenta y pagas lo más rápido que puedes para alcanzarla antes de que llegue a los baños. 

Volteas para un lado y para el otro, y ves la puerta del baño de mujeres cerrándose: ella está dentro y un pensamiento arriesgado y travieso viene a tu mente. El camino está libre por lo que vas a ejecutar tu plan. 

El vestidor está vacío, parece que no hubiera nadie dentro. Sigues caminando hasta encontrar un sus ropas tiradas en el suelo formando un camino hacia las regaderas. Hasta ese momento escuchas el agua corriendo, y ahora tus pasos son guiados por el sonido hasta que encuentras en efecto la regadera, pero está vacía. No está ahí. Volteas para toparte con la piel de una mujer morena clara que está cubriendo parte de su cuerpo desnudo con una salsa dulce... Te ve y te ofrece una porción del pudín. 

Con manos temblorosas metes tres de tus dedos en el recipiente para llenarlos con el postre, ella dejó sólo algunos puntos sin cubrir, los cuales ahora tú debes ocultar; te mira ansiosa esperando tus caricias y finalmente optas por su seno izquierdo embarrando la mezcla de chocolate frío que la hace suspirar. Las yemas de tus dedos lo recorren de afuera hacia el centro donde encuentras un pezón duro y firme listo para ser chupado. Uno de tus dedos se detiene ahí, dibujando círculos delicadamente sobre la punta dura y sintiendo cómo ella empieza a estremecerse. Pareciera como si tus dedos y aquella delicada caricia estuvieran derritiendo el chocolate, pero eres tú quien se quiere derretir dentro de ella. Ella nota como la bragueta de tu pantalón empieza a abultarse y sus manos, llenas de chocolate, desabrochan tus pantalones. 

Tratando de mantenerte inmóvil, llenas tu mano con más postre y ahora avanzas hacia el otro seno. El pezón está tan duro y firme como el primero pero en esta ocasión procedes al revés, empiezas por cubrir la parte más dura estimulando aquel cuerpo lleno de dulce para avanzar en círculos hacia el exterior. Por fin puedes sonreír, la tarea te ha relajado pero aún queda un pequeño lugar más para esconder bajo la salsa oscura. 

Ella se recuesta en una banca para que puedas ver ese punto claro que no ha sido cubierto y que espera ansioso a que tus dedos lo toquen: su vagina. Con los mismos tres dedos empiezas el trabajo de decoración por los lados, yendo de arriba hacia abajo sobre las ingles, enmarcando su cuneta y permitiendo que se moje antes de que el frío postre toque el interior de sus labios. Tus dedos resbalan por la entrada, ella empieza a gemir, casi pidiéndote que le des esa última, suave y más deseada caricia. Es tu turno para vengarte, para hacerla sentir tan ansiosa como ella lo hizo contigo mientras te tentaba cuando comía. Puedes ver sus piernas abiertas invitándote a conocer el lugar más cálido, húmedo y delicioso de todo su cuerpo... 

La tentación es enorme, tus labios empiezan a temblar, tus manos avientan el envase, estás completamente desnudo mirando su cuerpo y queriendo limpiarlo de aquel postre a lengüetazos y besos, pero más que todo eso, quieres probar la dulce miel que escurre por su vulva mezclada con el pudín que enmarca el sitio... Una de sus manos empieza a jugar con su pezón derecho, tu deseo crece como ha crecido tu pene que está listo y goteando por lo que sin pensarlo más tu boca se sumerge entre aquellos pétalos inundados para extraer todo el néctar que emana de ellos con tu lengua y tus labios. 

Tu cara se pierde dentro de sus piernas, y tus manos alcanzan dos puntos firmes y turgentes que la hacen gemir aún más, gritar y mover sus cadera para chocar con tu boca. Quieres vaciarla por completo, lamer hasta la última gota para satisfacer la sed de tu deseo, de tu pasión, de tu cuerpo. Ella se acuesta por completo sobre la banca para que puedas penetrarla... Con un solo impulso estás dentro de su aterciopelada cocha, cogiéndote a una desconocida que despertó tu libido como ninguna otra. Sus manos toman tus brazos haciéndote recostarte sobre su pecho para que tu boca pueda saborear sus tetas hinchadas y deseosas de ser besadas, mordidas, chupadas. Sin dudarlo tus labios se posan en ellas, tu lengua juega con los duros pezones, tus dientes los pellizcan mientras tu pene se empapa y empieza a ser exprimido dentro de ella. 

Puedes ver su cara, llena de pasión, de deseo, a punto de explotar nuevamente. Una sensación de calidez y electricidad corre por tus piernas, un fuerte suspiro golpea tu pecho, tus manos agarran aquel cuerpo pegajoso hasta que finalmente el chocolate frío se mezcla con tu chorro de leche caliente. 

La regadera sigue encendida mientras tu dejas a la extraña en la banca y caminas hacia el agua para quitarte del cuerpo la sensación pegosteosa del chocolate. Pero tu cuerpo, tu piel, tus pensamientos, tu alma y tu mente están llenos de una recién descubierta sensación: el éxtasis alcanzado con una mujer misteriosa que jamás volverás a ver.