Calor y FrÍo

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Es cerca del medio día, estoy en mi habitación de hotel. La vista es maravillosa, desde la terraza puedo ver la inmensidad del Océano Pacífico. El sol acaricia mi piel mientras estoy tirada en uno de los camastros leyendo un libro de cuentos eróticos. Junto a mí una mesa, con una bebida tropical, cigarros, encendedor y cenicero; y a unos cuantos pasos una tina de jacuzzi. Alguien llama a la puerta, sin moverme alzo la voz para responder “¿Quién es?”, y una voz masculina imita la intensidad de mi voz “Room Service”. Al fin, después de casi media hora de espera llegan con mi comida “Pase, está abierto, déjelo sobre la mesa de la habitación.” Pero escucho que la puerta de la habitación se cierra mucho antes de lo esperado, además el mesero jamás se acercó para que yo firmara la nota. 

Intrigada me quito los lentes obscuros y volteo hacia el interior encontrándome contigo, recargado en el marco de la puerta que comunica la terraza con la habitación. En mi rostro, automáticamente se dibuja una sonrisa, como es tu costumbre me sorprendes con tu presencia cuando menos lo espero. Por tu vestimenta me doy cuenta que vienes directo del aeropuerto, aún traes tu traje aunque la corbata está desanudada y ambos extremos cuelgan sobre tu pecho. Dejas caer el saco, sobre él la corbata y caminas despacio para llegar a mi lado, sonriendo y mirándome fijamente, con esa misma mirada que invadió todo mi cuerpo el primer día que nos encontramos. Sin dejar de responder a tus ojos, dejo mi libro a un lado, esperando ansiosa que te sientes junto a mí. 

-¿Qué haces aquí? –después de más de cinco minutos al fin logro preguntarte lo que debí desde el momento en que te encontré en la habitación. 

-Si no te gusta mi compañía, no hay problema, me puedo regresar. –con tu respuesta tus movimientos cambian de dirección como si realmente te fueras a marchar. 

-¡No! –me miras, sonríes, te sientas a mi lado y lo único que puedo hacer es besarte. Tus pies se encuentran con mi libro, y después de ver el título del mismo me miras con una sonrisa pícara en tu rostro. 

-Cuentos Eróticos, mmm... Eso quiere decir que tienes algo en mente. 

No puedo evitar el sonrojarme. Sin decir más te levantas y caminas hacia la habitación. 

-¿A dónde vas? 

-A cambiarme. Hace mucho calor, como para seguir vestido de traje. –tu respuesta llega hasta mí sin que me mires, sin que al menos detengas tu camino. 

Regreso a mi lectura, quiero finalizar la historia que leía cuando apareciste. No tengo mucho tiempo, es una página y media más para saber cómo termina el platónico encuentro sexual entre la telefonista y el conductor de taxis. Él está por descubrir que esa voz que todas las noches lo hace fantasear y venirse, ahora ocupa el asiento trasero de su carro; pero ella no habla, sólo le ha dado la dirección y se mantiene callada en lo que va del trayecto. Él la observa, no sólo con el espejo retrovisor, también ocupa el espejito redondo colocado estratégicamente a medio tablero, para verle las piernas y también el bamboleo de los senos de sus pasajeras cada vez que pasa por un bache o cruza un tope a alta velocidad. Aquel reflejante lo hace soñar tanto como la voz de su pasajera, a través de él puede ver cómo los pezones de sus clientas se yerguen por una corriente de aire, o al descubrir que él está mirando sus escotes. Esto lo excita, lo hace desearlas y verlas en su imaginación cuando habla con ella por el teléfono. La telefonista también se ha dado cuenta de las miradas lascivas del conductor y recuerda a su cliente favorito de las noches, al que le llama y le ha descrito cómo mira a sus clientas, cómo descubre el color de sus pantaletas, cómo a través del espejo puede ver la firmeza de los pezones y el tamaño de los mismos, es todo un experto, igual que ella. La telefonista intenta entablar una conversación, y él responde como cuando hablan por teléfono, con la misma frase, con la misma entonación “Qué, perdón”. 

Pero no puedo seguir leyendo, una tela obscura cubre mis ojos y es amarrada por tus manos en mi nuca. Esto no me gusta, no me gusta la obscuridad, tengo miendo. 

-No, por favor. 

-Confía en mí. No te voy a lastimar, te lo prometo. 

Me aferro al libro, es lo único que tocan mis manos y por lo tanto lo único firme a lo que me puedo asir. Puedo sentir cómo te sientas a mi lado. 

-Relájate... Recuéstate por favor, sólo quiero refrescarte un poco. –mientras me lo pides me quitas mi único punto de apoyo para ponerlo no sé dónde. Tengo que obedecer y confiar en ti, aunque intente relajarme todos mis músculos están tensos, mis piernas, extendidas pero firmes sobre el camastro, y mis manos flanqueando mi cuerpo aferradas al hierro de la silla. 

Una sensación me invade, son gotas frías que caen sobre mi pecho, gotas que seguramente escurren de mi vaso, e instintivamente reacciono a ellas, brincando y riéndome por los nervios. 

-Tranquilizate, sólo es agua. 

-Pero está fría. 

-Necesitas un poco de agua para refrescar tu cuerpo... Me imagino que llevas horas aquí sin meterte al agua. –y las gotas siguen cayendo sobre mi piel hasta que las yemas de tus dedos las esparcen sobre mis hombros. 

-Nena, ¿me puedes hacer un favor? 

-¿Cuál? 

-¿Te puedes bajar el traje de baño hasta la cintura? 

No entiendo, tú me lo puedes bajar sin necesidad de pedírmelo, aunque supongo que tus manos han de estar ocupadas con algo. 

-Es que... alguien puede vernos. 

-No, nadie nos va a ver. Confía en mí. –lo pienso durante unos segundos hasta que me decido. Lentamente escurro los tirantes por mis brazos hasta dejar mis senos libres mientras percibo el sonido de los hielos estrellándose en el vaso y moviéndose en el agua. 

Tal como siempre sucede cuando me desnudo, mis pezones se levantan al instante, ahora estoy más nerviosa que al principio pero intento no demostrártelo, intento ocultar mi temor y mi nerviosismo, intento aparentar que estoy relajada que no va.... ¡Ah! Un pedazo de tela algo rugosa y helada acaricia mis senos... la sensación no puede ser más excitante, no sólo por lo frío de la tela sino por la textura de la misma, se siente como si fuera una toalla... Sí una toalla que tú metiste dentro de la hielera y esperaste a que estuviera lo suficientemente helada para entonces acariciarme con ella. Puedo sentir tus dedos paseándose sobre ella intentando encontrar mis pezones para frotarlos. 

-¿Te gusta? 

-Sí. –respondo en medio de un largo y profundo suspiro. No sólo mis pezones se han hinchado por el placer, mis senos también empiezan a endurecerse con tus caricias, y entre mis muslos puedo sentir la humedad que esto provoca en mi interior, sabes cómo excitarme, cómo tocarme, cómo hacer que mis puntos más vulnerables empiecen a mandar descargas de adrenalina al resto de mi cuerpo. 

Junto con lo que presumo es una toalla empiezo a sentir algo aún más frío, algo que se desliza por mi piel y casi la adormece al contacto... Un hielo, ¡sí! Un cubo de hielo que tus dedos pasean por mi cuello, hombros, pecho, por en medio de mis senos, alrededor de ellos, por mi estómago hasta llegar al ombligo haciéndome estremecer, retorcerme, brincar y gritar por la nueva sensación. El frío se detiene justo al centro de mis senos en tu camino de regreso, mi respiración está mucho más agitada que en un principio, y tu silencio me hace estremecer aún más, sólo puedo escuchar las olas rompiendo en la playa y el sonido de una que otra ave que seguramente ronda cerca de nosotros. 

Ahora el frío está justo sobre mis pezones, pero es una mezcla de frío y calor... Mmmm... Son tus labios... es tu lengua, es tu boca que sostiene un hielo mientras los besas y los chupas. Ahora me siento como el taxista, viendo en mi mente lo que tú estás haciendo con mi cuerpo, intentando ver como en una película tu imagen, tu cabeza reclinada sobre mi pecho y tu boca prendida a uno de mis senos, mordisqueando mi pezón, sintiendo su firmeza con tus labios y dándole más rectitud cada vez que tu lengua pasea el hielo sobe él, mientras tus manos terminan por jalar el resto de mi traje de baño para quedar completamente desnuda sobre el camastro. 

Mi respiración se vuelve discorde con la tuya, y mis muslos se tensan aún más, apretándose uno contra el otro, temerosos de algo, miedosos de que alguien quiera separarlos. Pero tus manos colocan nuevamente aquella tela helada sobre el resto de mi piel. Ahora el recorrido inicia sobre mi vientre, y baja lentamente hasta llegar a mi vulva. 

Tus manos, suaves, sin nada que las separe de mi dermis acarician mis piernas, las relajan, las dibujan, las hacen separarse y permitir que el túnel se abra. Ayudándote con la tela, tus dedos juegan sobre mi vello, apenas lo tocas, apenas siento un pequeño roce de aquella tela en mi pubis, pero siento una de tus manos debajo de uno de mis muslos indicándome que flexione mi pierna para que tú puedas actuar. 

Mis manos ya se relajaron, ya no se aferran al hierro de la silla, ahora tocan mi vientre, palpan mis costados e intentan encontrarte. Un suspiro me indica dónde te encuentras... Esa sensación de frío y calor que sentí sobre mis pezones ahora lo siento entre mis piernas, a punto de internarse en el punto más húmedo de mi cuerpo, pero no es tu lengua... No es suave ni delgada como ella, no es tersa y delicada como tus labios, es algo más, algo frío que se pasea de arriba abajo sobre mi clítoris y la abertura de mi vagina... Es algo más áspero pero al mismo tiempo sin cuerpo, sin rigidez, sin fuerza... pero que me provoca espasmos y hace que mi cadera suba y baje a su ritmo, mientras que mis gemidos se acoplan al ritmo de mi respiración. 

Nuevamente intento imaginarte, adivinar tus expresiones y la forma en que me estás mirando mientras me incitas, ¿cómo está tu boca? ¿qué es lo que tus ojos están mirando, mi rostro, mi cuerpo, o la tarea que tus manos están realizando con ese objeto que me hace gemir más en cada roce? 

¡Ah! Esta vez lograste que me arqueara por completo, con ese chorro de agua helada que corre desde mi vulva hasta el inicio de mis nalgas has hecho que mi cadera se levante hasta el punto más alto, para después sentir tu lengua recogiendo no sólo lo que queda del agua, sino probando también la miel que escurre desde adentro de mi cuerpo... Sí, esta vez si es tu boca la que está besando mis labios, la que está acariciando mi entrepierna, la que está excitándome y marcando el ritmo que deben llevar mis caderas. Todo mi cuerpo está lleno de sensaciones, nuevas y viejas. Cada poro de mi piel está a la espera de tus caricias mientras mi mente intenta colocarte en medio de mis piernas, adivinar cómo estás sentado, que postura tiene tu cuerpo mientras tu rostro está hundido en la puerta de mis entrañas. Ni siquiera sé si me estás mirando, si tus manos están sobre la silla o acariciando tu cuerpo, si estás solo o si alguien más nos está mirando.... Pero prefiero no pensar en ello, sólo quiero disfrutar de tu juego y de estas nuevas sensaciones con las que estás llenando mi deseo. 

Me siento perdida en este sentimiento completamente erótico, como si fuese un sueño, tan vívido que empiezo a acariciar mis pezones, mientras tú sigues bebiendo de mí. 

-¿Qué sucede? –te pregunto cuando siento que has dejado de tocarme. Tus labios ya no están sobre mi vagina. 

-Nada... Me gusta ver cómo lo haces... Me encanta ver cómo te acaricias, cómo mueves tus dedos alrededor de tus pezones para que se pongan duros. –Ahora agradezco que me hayas tapado los ojos. Me siento tan ruborizada que me alegra no poderte mirar a los ojos, y mi vergüenza me hace detenerme. 

-No, no te detengas, por favor. En serio me encanta ver cómo lo haces. Nadie mejor que tú sabes lo que te gusta, y lo que te gusta sentir. –y nuevamente te obedezco. 

Empiezo a frotarlos lenta y sutilmente sobre la punta, haciendo círculos sobre ellos, dejando que sólo la punta de mis yemas los acaricien, que ninguna otra parte de mis dedos los toque, sólo esa, y sólo por encima, sin ejercer presión, sin pellizcarlos, sin apretarlos. Al mismo tiempo que siento cómo van creciendo y cómo se van endureciendo, algo rígido se cuela por mi vagina... Son tus dedos, dos de ellos adentro y otro roza mi clítoris. Nuevamente mi cadera empieza a balancearse, y tu boca inicia un recorrido de besos desde mi vulva hasta mi pecho. Estoy al borde del éxtasis, pero algo se interrumpe. Tus dedos ya no están dentro de mí, ahora siento tus brazos bajo mi cuerpo y de golpe me levantas del camastro. 

Si en un principio me sentía insegura, ahora lo estoy más, por lo que me abrazo a tu cuello, no veo a dónde vamos, me siento tan desprotegida, desnuda y balanceándome en el aire sin tener un punto fijo del cual sostenerme, más que tu cuello. Tras unos cuantos pasos siento cómo vamos bajando y por fin el agua toca todo mi cuerpo... Estamos en la tina. 

Ahora que me siento segura intento destapar mis ojos, pero no me lo permites. Sólo me guías para que me siente sobre tus piernas. Mis muslos rozan tu cadera... Hasta este momento me doy cuenta que tú también estás desnudo. No sé en qué momento lo hiciste, o si desde el principio te apareciste detrás de mí sin una sola prenda sobre tu cuerpo, pero también puedo sentir la rigidez de tu pene entre mis manos, porque las has colocado sobre él, y me lo entregas pidiéndome que lo haga. 

-Pero... No veo. 

-Déjate llevar por tus instintos, por favor... Hazlo, hazlo debajo del agua. 

Tengo que tomar una bocanada de aire para sumergirme. La tina no es muy profunda pero estando tú sentado en el fondo tengo que hundir mi cabeza para empezar a acariciarlo con mis labios, para frotarlo con mi lengua y hacerlo desaparecer poco a poco dentro de mi boca. Tal vez no es tan placentero para ti como en otras ocasiones porque continuamente tengo que salir a la superficie a tomar aire, pero esta nueva sensación sé que para ambos es incomparable. La rigidez de tu masculinidad se siente tan diferente bajo el agua, la piel no sólo se vuelve más tersa, sino más sensible, o será que mis labios son los que están más sensibles que en otras ocasiones, porque el placer que me provoca con cada roce, con cada bocado, con cada penetración es superior al que he sentido cuando lo hemos hecho fuera del agua. Tomo una bocanada de aire más larga esta vez, pues quiero durar más tiempo sumergida, sumergiendo tu virilidad en mi boca, y creo que está funcionando pues alcanzo a percibir, a lo lejos, tus gemidos, tu sonidos guturales haciéndome entender que lo disfrutas tanto o más que yo, que mi labor submarina y a ciegas te genera el mismo placer que a mí, el mismo deseo y la misma necesidad de explotar de una vez por todas. 

Tus manos me guían para que salga de nuevo a la superficie, me aprietas contra tu cuerpo y mientras me besas me haces sentarme nuevamente sobre tus piernas pero esta vez me penetras. 

-¡Ah! Por favor, quiero verte... Déjame ver... 

-No... Todavía no... –y empiezas a mecerte dentro de mí lentamente, debajo del agua. Tus labios reparten besos sobre las partes descubiertas de mi rostro, y tus manos trepan y resbalan por mi espalda y mis nalgas, presionándome hacia tu cuerpo, mientras las mías se afianzan a la orilla de la tina para sostenerme, para impulsarme, para mantenerme erguida mientras me estás penetrando. Tus manos ahora sólo dirigen mi cadera, no sólo hacia delante y hacia atrás, sino en círculos, y de un lado a otro, cada vez más rápido. Puedo sentirte completamente dentro de mí, puedo sentir cómo mi pelvis ya no requiere de su guía inicial para continuar con el movimiento, puedo sentir tus manos sobre mi cabello, jalando mi cabeza para atrás y liberándome por fin de mi ceguera. Intento abrir los ojos pero aún así no veo, tengo que cerrarlos nuevamente para abrirlos poco a poco, pues la luz me cega nuevamente... 

Puedo sentir tus espasmos y los míos, puedo sentir como estamos a punto de venirnos... Y por fin puedo ver, encontrando ante mis ojos el atardecer más hermoso que jamás haya visto. Nos seguimos moviendo. Con la misma fuerza que las olas rompen en la orilla, los dos nos venimos en brazos del otro bajo el agua, abrazados, agitados, extasiados. 

Así cómo el sol se oculta dentro del mar, igual tú vuelves a ocultar la parte más sensible de toda tu fisonomía, en la parte más húmeda de mi anatomía.