Despertar

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Abres los ojos, por la luz que se filtra en la persiana te das cuenta que está amaneciendo, es una de esas típicas mañanas de Abril cuando la primavera se ve empañada por las nubes que traen la temporada de lluvias … ¿Qué es eso…? ¿Qué es lo que sientes sobre tu espalda? Parecen pequeños besos, pero ¿de quién…? Nadie duerme a tu lado desde hace varios meses, ¿quién puede estar detrás de ti besándote de esa manera tan sensual y delicada…? Por lo visto el cosquilleo que te despertó, recorriendo tu entrepierna, no era parte del sueño que estabas teniendo; es real y es producto de esta serie de caricias labiales que siguen recorriendo tu espalda por encima de tu playera en búsqueda de tu piel… ¿Quién es…? Levantas el rostro de la almohada intentando voltear para ver a tu seductor, pero su mano te lo impide; delicadamente presiona tu cabeza para que regrese a su sitio y no puedas descubrir su identidad… Si tan solo hablara… Tal vez con su voz puedas reconocerlo… Pero no lo hace, su boca está muy ocupada recorriendo el camino que lleva hasta el inicio de tus nalgas desnudas, y tu adrenalina ha empezado a correr a mil por hora entre la angustia, el miedo y la excitación.

Puedes sentir su cuerpo sobre tus piernas desnudas, está recostado sobre ellas mientras su lengua hace círculos en el perímetro de tus glúteos. Cierras los ojos, tal vez sea parte del sueño que tuviste, pero no… Al cerrarlos las sensaciones se vuelven más grandes, tus otros sentidos se alertan, y es entonces cuando tu piel descubre que él también está desnudo, que el vello que cubre su pecho está rozando tus muslos… Si tan solo pudieras verlo… y es entonces cuando tu mente por fin manda la señal para que tu boca pronuncie la primera frase:
–¿Quién eres…?
Su respuesta es un roce de su nariz sobre tus nalgas, moviéndose de arriba abajo y viceversa. Y desesperada vuelves a hundir la cabeza en la almohada, quieres moverte, pero la mitad de su cuerpo está encima del tuyo, y te es imposible hacerlo. Pareciera que estás pegada al colchón, sin embargo haces un segundo esfuerzo, ahora queriendo apoyarte en sobre tus manos las cuales tampoco puedes mover. Lentamente sacas el rostro de la almohada y miras hacia la cabecera: tus manos, tal y como las tenías mientras dormías, descansan sobre el colchón, pero dos cinturones de satín las mantienen atadas a la cabecera. Los observas detenidamente, ¿dónde los has visto antes? Uno es color blanco y el otro marrón… Son las cintas de tus batas… El hombre que peligrosamente está recorriendo la hendidura de tus nalgas con su lengua conoce tu casa, tu ropa y por supuesto el lugar donde la guardas.

Tu respiración empieza a agitarse, no sabes si es por la desesperación que te provoca lo que está sucediendo, o por la excitación de sentir su boca cerca de tu humedad. Si tan sólo tu cuerpo pudiera responder a lo que tú quieres y no a lo que su boca solicita… si pudieras controlar tus instintos para que él desista de su labor, pero no puedes, mientras más se acerca a tus ingles, el centro de tus muslos más se humedece… Se detuvo… Tal vez se dio cuenta que te estás inquietando y ha decidido revelar su identidad… No… Sus manos están recorriendo tus piernas en sentido contrario al que su boca delineó: pasan por tus pantorrillas, las corvas, tus muslos, tus glúteos, tu cintura, espalda, y ahora recorren los costados de tu torso hacia el nacimiento lateral de tus senos… Tu piel está erizada y por lo tanto tus pezones se han hinchado, y él lo puede adivinar, no necesita verlos, con ver el resto de tus poros levantados puede imaginarse perfectamente esos dos centros rosados levantados y endurecidos.

Con delicadeza empuja la playera que usas como pijama hacia tu cuello, dejando tu espalda descubierta y vulnerable, tal y como está el resto de tu cuerpo. Entonces las yemas de sus dedos empiezan a recorrerte lenta, suave y delicadamente, con tacto casi imperceptible pero con la ansiedad y alteración de tus sentidos pareciera una caricia completa. Sientes una pequeña emanación de calor que está flanqueando tus caderas, son sus muslos, está sentado sobre tu cadera mientras sus manos siguen tocando cada centímetro de tu espalda y de vez en cuando bajan por los costados de tu talle simulando que alcanzarán tus senos. Ahora son sus dedos los que recorren tus costados, por cada lado avanzan desde el antebrazo, recorriendo tus axilas, el costado de tu pecho y deteniéndose en las costillas. La reacción es inmediata, a pesar de tu nerviosismo tus reflejos en ese específico lugar te hacen sobresaltarte y reír… Él lo conoce, sabe que te provoca cosquillas, de otro modo no se hubiera detenido ahí, tal vez está intentando que te relajes, que disfrutes sus caricias en lugar de sufrirlas…

–Por favor, dime quién eres…

Su respuesta nuevamente es física. Con delicadeza, una de sus manos mueve tu cabello para dejar tu nuca al descubierto, y permitir que sus labios se postren en ella besándote, recorriendo a besos tu cuello hasta el borde de tu oreja, donde sus labios se apoderan del lóbulo para succionarlo, lamerlo y apretarlo suavemente. No puedes ver ni siquiera un poco de su rostro, pero sí sientes el roce de su bigote y la barba recortada que enmarca sus mejillas…

Cierras los ojos, necesitas que tu memoria cognoscitiva te diga quién es, de quién se trata… Sus besos, sus lengüetazos, sus caricias las has sentido antes… Su olor… Hasta este momento tu nariz empieza a percibir su olor… Y el aroma trae por fin imágenes a tu memoria… Su pecho… Así huele su pecho cada vez que hundes tu rostro en él para besar el tapiz de vello que lo cubre… Su cuello, así huele su cuello cuando lo has recorrido para lamerlo desde los hombros hasta el nacimiento de su oreja, donde más de una vez tu lengua se ha perdido y tus labios han anidado.

Los recuerdos están ayudando a tu cuerpo a relajarse y responder como él quiere que lo haga; ahora son sus manos las que los traen a tu mente, esas manos dedicadas a tu piel que tocan y acarician como si fueran plumas o como si estuvieran hechas de seda. Esas mismas caricias las has sentido en tu rostro, en tus hombros, en tus senos, en tus nalgas, en tu vientre. Esos dedos gruesos los has besado y acariciado con tus labios, los has hundido en tu boca emulando lo que pueden hacer con la firmeza que guardan sus piernas, y se han hundido en ti extasiándote más allá del límite cubriéndose con tu miel. Mientras recorren nuevamente un costado de tu rostro, tu boca de manera instintiva los busca, quiere atrapar uno de ellos, necesita saborear uno de ellos para que también tu sentido del gusto te ayude a recordar.

Él lo sabe, conoce todas tus reacciones, conoce tus gustos y tus movimientos; por eso, sin asomar un centímetro más de su fisonomía, deja que su dedo índice desaparezca dentro de tus labios que lo acarician y succionan deseado sentir lo mismo en el borde de su pubis. Mientras tanto otro de sus dedos ha regresado al centro de tus muslos queriendo explorar la humedad del terreno.
Sí, es él… Ya no hay duda, sólo hay un hombre que puede tocarte con tal delicadeza y cachondés al mismo tiempo. Sólo uno que se dedica más a darte placer que a recibirlo. Sólo un par de manos han acariciado tus labios húmedos de esa manera preparando el sendero por el que muy pronto navegará su tremenda excitación.

Tus labios se han afianzado a su dedo índice; lo succionas y resguardas en tu boca dándole a entender que quieres hacer lo mismo con los que están en medio de tus piernas, pero su mano se ha retirado y su lugar es ocupado por la punta de su masculinidad, igualmente húmeda y lubricada que juega alrededor de tu vulva, mezclando su néctar con el tuyo, dibujando figuras casi geométricas como si fuese un pincel y tu su lienzo.

Tu boca deja escapar su dedo índice para dar paso a tus gemidos y suspiros, quieres voltearte, verlo a los ojos, esos ojos que te miran con intensidad desmedida cada vez que estás sobre él meciéndote, montándolo para llevarte y llevarlo al clímax... Se lo pides, se lo suplicas, ruegas para que te suelte y te deje mirarlo, besarlo y acariciarlo.
–Con una condición… –por fin su voz seduce tus oídos –que me vas a dejar hacerlo todo… Tú no vas a hacer nada… –asientes, todo con tal de mirarlo, de ver su rostro deseándote y disfrutando al hacerte disfrutar.

Sus manos, con la misma delicadeza que te ataron a la cama, te desatan.  Mientras lo hace, puedes sentir su respiración sobre tu cuello, y su cuerpo pegado al tuyo. Tras desamarrar las cintas, sus labios vuelven a besarte, pero ahora suben por tus brazos hasta llegar a tus muñecas, donde deposita besos suaves y delicados en el lugar que ocupaban las amarras. De regreso, su boca se detiene en tu oído para susurrarte:
–Discúlpame si te asusté, Bonita… Sólo quería hacer realidad la fantasía que me platicaste.

Tú giras de inmediato en cuanto él se levanta un poco; tus ojos miran los suyos y esa sonrisa que se dibuja en sus labios cada vez que está frente a ti. Tus manos quieren apoderarse de su rostro para besarlo desenfrenadamente, para demostrarle con un beso la excitación a la que te ha llevado, pero prometiste no hacerlo, prometiste no moverte con tal de que te liberara; sin embargo él lee en tus ojos tus deseos y son sus labios los que se aproximan a los tuyos para besarte primero suavemente, casi rozándolos, para poco a poco irlos cubriendo hasta que las dos bocas se abren para que las lenguas se comuniquen, se toquen y se entrelacen, como sus manos lo están haciendo con las tuyas. Tus labios se apoderan del suyo, lo chupan, lo succionan, lo jalan, se deleitan con su carnosidad y su sabor; el imita tu beso, sabe que te gusta, conoce tu lenguaje corporal y lo que significa cada una de tus insinuaciones.

Así, deteniendo tus manos con las suyas, sus labios bajan por tu barbilla, recorren tu cuello, tus hombros y empiezan a circundar la redondez de tus senos. Tus ojos se cierran, puedes sentir hacia dónde se dirige por el roce de su barba sobre tu piel, pero también porque conoces su más grande debilidad ante tu cuerpo. Su barbilla se detiene sobre uno de tus pezones haciendo círculos y líneas, como los interminables ejercicios de caligrafía que hacen los pequeños al aprender a escribir. Él escribe sobre ellos usando sus mejillas, su nariz, su barbilla, o tal vez escribe sobre la áspera superficie de su rostro usando tus pezones como pinceles, los cuáles están cada vez más rígidos, más firmes, más necesitados de sus labios y sus besos. Quieres sentir la calidez de su boca sobre ellos, sentir cómo su saliva los cubre e inunda mientras su lengua y sus labios los aprisionan y juegan dándoles mordiscos, jalones y chupetones.

La miel entre tus piernas no deja de correr, pareciera un manantial inextinguible que anhela ser bebido; tus caderas tienen la urgencia de mecerlo dentro de ti, pero prometiste esperar y dejar que sea él quien dé las instrucciones.

Su virilidad está cada vez más hinchada, puedes sentirla rozando el punto de ignición de tu vulva. Mientras su boca sigue pegada a tus senos, su pene busca la entrada más cálida y húmeda de tu cuerpo; sus piernas empujan las tuyas a los costados para acomodarse y en un impulso fuerte y lento por fin consigue adentrarse en la cascada que se ha formado entre tus muslos. Contrario a lo que esperas, se queda inmóvil sintiendo las contracciones naturales de tu cuerpo al tenerlo dentro de ti. Sus ojos te hablan, su sonrisa te mira, y entonces empieza el vaivén. Tus piernas se engarzan sobre su espalda, mientras sus manos siguen enganchadas en las tuyas.

Los dos están a punto de llegar… de sucumbir en un orgasmo conjunto que pone final al inicio de una perfecta y nublada mañana de Abril.