El Reencuentro

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La cafetería estaba casi vacía. Era un fin de semana a la mitad del verano cuando decidí inscribirme en un taller de narrativa erótica en la Universidad del Estado. El cupo era limitado a quince estudiantes, las mismas quince almas que estaban en aquel lugar ese día. Nos pidieron que comiéramos antes de asignar las habitaciones. Todas mis maletas y computadora estaban en uno de los salones comunes, junto a las de los demás.

Quince personas, y ninguna conocida hasta ahora, así que seguí caminando por el lugar con mi charola de comida, tratando de adivinar quién podría ser un poco amigable cuando mis ojos la encontraron. Ahí estaba, sentada sola casi en la orilla de la mesa. Cabello corto negro, ojos redondos color café, dedos pequeños y delgados con esmalte de uñas color durazno. “¿Cuánto tiempo ha pasado desde que nos vimos la última vez? Uff, casi diez años, creo... pero, ¿qué está haciendo aquí?” me pregunté mientras disminuía mis pasos para dirigirme hacia su mesa. “Tal vez haya otro taller y no me enteré”. Entonces, sus ojos encontraron los míos. 

Cynthia y Penélope estaban sentadas a un lado de la alberca, las dos completamente extasiadas por las novedades de Cynthia. Acababa de regresar tras una cita secreta, apenas estaban iniciando la adolescencia, Cynthia tenía 15 años y Penélope, 14.
–¿Y qué más te dijo?
–Nada, Penny, no dijo nada más...
–No inventes... tuvo que hacerlo... Tuvo que decirte algo... Si le encantas...
–Bueno... no dijo nada porque... ¡me besó!
Penny no pudo ocultar su emoción, estaba tan feliz como su amiga. Ellas se conocían desde la infancia y compartían todo, todas sus experiencias, sueños y secretos. Y ahora estaban compartiendo el primer beso de Cynthia.
–¿Qué, te besó en la boca?
–Sí – confesó, tímida y emocionada al mismo tiempo. 
–¿Y qué sentiste? Por favor, dime, cuéntamelo todo... ¿Qué se siente que te besen?
–Fue muy raro, pero padre... No sé, por un momento sentí que las piernas se me doblaban... ¡Fue padrísimo!
– ¿Y te metió la lengua?
–Sí... un poquito nada más, ¡pero sí!

Las niñas platicaban casi en secreto, estaban acostumbradas a contarse todo con puntos y señales, no les importaba que tan personal o íntimo era lo que hablaban, estaban acostumbradas a compartirlo todo.

–Ahora ya tenemos una historia más que contarles a nuestros nietos en el futuro – dijo Penélope, guiñándole un ojo para después abrazarla.
–Por fa, Penny, esto tiene que quedar entre nosotras, nada más. No quiero que mi mamá se entere de Rubén. Ya sabes lo que piensa de él.
–Por supuesto, no tienes qué decírmelo. Será nuestro secreto, así como todos los demás que tenemos.
 

Me di cuenta perfectamente que estaba tan sorprendida como yo, ella tampoco esperaba verme ahí.
–¿Penny?
–¡Cynthia! ¿Qué estás haciendo aquí?
Por fin lo iba a saber.
–Estoy en un taller, ¿y tú?
–Yo... también. Estoy en el taller de narrativa erótica. Pensé que era el único este verano.
Ella sonrió, pero no era su sonrisa natural, la conocía como a mí misma, sólo estaba tratando de ser cortés.
–Tienes razón, es el único de este verano.

Así que íbamos a estar juntas toda la semana. Le sonreí, tampoco la mía era una sonrisa natural. Iba a ser muy extraño compartir el salón de clases de nuevo, después de tantos años.

–Esa sí que es una sorpresa. No sabía que te interesara el erotismo –le dije aún cargando mi charola, cansada de estar de pie.
–Bueno, es que es parte de mi nuevo ser y mi nueva vida –. Y finalmente, dijo la frase mágica –Pero por favor, siéntate... Ya sabes, no se me da el comer sola.
–A mí tampoco –así que me senté justo frente a ella, tratando de esconder mi nerviosismo.
–¿Tu nueva vida?
–Sí... por lo visto, no te has enterado. Me divorcié hace seis meses y decidí hacer lo que debí haber hecho hace muchos años... escribir.

No pude ocultar mi reacción, mis ojos casi se desorbitan al escucharla. Sí, estaba en shock, el saber que estaba divorciada era la última cosa que yo pensaba que escucharía en mi vida. Hasta donde yo sabía, estaba felizmente casada, con hijos y un marido perfecto, su sueño hecho realidad. Pero como la mayoría de las mujeres casadas, tal vez decía eso para evitar los chismes y las críticas de nuestras ex compañeras de escuela.
–Lamento mucho lo de tu divorcio... Debió ser muy difícil, ¿no?
–Sí, por eso decidí cambiar mi vida por completo y tratar de rescatar mi sueño. Sólo espero que no sea demasiado tarde.
–Nunca es tarde cuando te decides.

Empezamos a comer mirándonos a escondidas, tratando de ocultar nuestra mutua curiosidad y sonriendo de vez en cuando.
–¿Hace cuanto que no nos vemos?
–Creo que como diez años—, dije tratando de contar los años desde que ella apareció en el funeral de mi abuela. Esa fue la última vez que nos dirigimos la palabra.
–¿Tanto...? No, yo creo que menos... ¡Siete! Siete años exactamente.
–Tienes razón, siete... ¡Órale!
–Yo estaba amamantando a mi primer bebé... Nina, así se llama.
–¿El primero...? Pues ¿cuántos tienes?
–Tres... Dos niñas y un niño: Nina, Penny y Tomás.

¿Penny? ¿Le puso así a su hija por mi? No creo, seguramente olvidó la promesa que nos hicimos hace tantos años. 

Cynthia y Penny eran tan unidas como hermanas. No sólo pasaban juntas los días entre semana, sino también sábados y domingos. Cynthia se quedaba a dormir en casa de Penny todos los viernes y sábados, y pasaban las noches soñando acerca del futuro y cómo iban a vivir una vez que crecieran...

–En cuanto me gradúe voy a rentar un departamento y me convertiré en la escritora más famosa del país.
–Y yo voy a ser una productora súper famosa, y te voy a producir todas tus películas, Penny... Porque ya eres una gran escritora.
–Cynthia, ¿crees que algún día me case?
–Claro, ¿por qué me lo preguntas?
–No sé... Ya tengo casi diecisiete años y no he tenido un solo novio. Y tú ya llevas como tres.
–Dos... oficialmente, dos. Recuerda que mi mamá nunca se debe enterar de Rubén.
–Aún así... Tal parece que no tengo mucha suerte con los hombres.
Cynthia dejó su cama y brincó a la de Penny para abrazarla. Sabía que Penny tenía una romántica idea del amor y de estar enamorada; siempre había soñado con vivir un amor de novela.
–Tú vas a tener montones de novios y amantes, vas a ver. Es más, te aseguro que te vas a casar mucho antes que yo.
–Si eso sucede, te prometo que a mi primera hija le voy a poner tu nombre, y tú vas a ser su madrina.
–Yo también... A mi primera hija le voy a poner Penélope... Es un pacto.
Cynthia y Penélope juntaron sus manos, y para sellar el pacto, se abrazaron cariñosamente.
 

Terminamos nuestra comida sabiendo que íbamos a estar juntas más de esos veinte minutos que pasamos en la cafetería. Salí de ahí y me fui a registrar y a recoger la llave de mi habitación.

Estaba en el tercer piso, a la izquierda del edificio principal, con una vista hermosa hacia los jardines y el bosque que rodeaba y escondía el campus. Mi cuarto estaba a la mitad del pasillo del lado derecho. Caminé buscando el número 309 cuando una puerta se abrió y ahí estaba Cynthia de nuevo. Sonreímos, ella salía de la habitación 308, justo frente a mi puerta.
–Bueno, tal parece que el destino realmente nos quiere juntar –dijo, y esta vez, su sonrisa sí era la natural, espontánea; realmente estaba feliz de verme.
–Sí, creo que sí.
Y sintiéndome más segura con su sonrisa, la mía también fue natural, fresca, real.
–Necesito instalarme. Nos vemos al rato, ¿ok?
Ella sólo asintió, y yo desaparecí dentro de mi habitación, sintiendo su mirada sobre mi puerta. 

Terminé de desempacar y conecté mi laptop en el escritorio. El soleado y brillante día que nos había recibido esa mañana había desaparecido, convirtiéndose en una tarde nublada y lluviosa. Encendí un cigarrillo y mis manos estaban listas para aporrear el teclado cuando el agua que escurría por la ventana me sacó de concentración y empecé a pensar en el día en que Cynthia y yo dejamos de ser amigas. Hacía ya doce años de eso...

También era un día de verano, Cinthya llamó a Penélope y la citó en el mismo parque donde siempre se veían desde que Cinthya se había mudado de casa. En el teléfono, Cinthya se escuchaba diferente, molesta, seria, pero Penélope no sabía qué estaba sucediendo hasta que por fin llegó. Cynthia se había enterado de la conversación que Penélope había tenido con la mamá de Cinthya al respecto de Pedro, el novio de Cinthya en aquella época.

–Nunca imaginé que me ibas a traicionar, Penélope. ¡Eres mi mejor amiga!
–Por favor, Cynthia, perdóname... Por favor... Yo pensé que estaba haciéndote un bien.
–Eres una egoísta... ¡Eso es lo que eres! No quiero volverte a ver en mi vida... No quiero saber de ti nunca... ¡Nunca!
–Cynthia, por favor... déjame explicarte... Yo no quise hacerte daño...
–No, no quiero escucharte. No necesito saber por qué lo hiciste. Te pedí que vinieras porque quería decirte en persona la basura que eres. ¡Te odio, Penélope, y nunca te lo voy a perdonar!

Cynthia se fue sin voltear a mirarla. Pedro la estaba esperando en el otro lado del parque. Penélope se quedó en la banca, llorando, sintiendo las primeras gotas de la lluvia mojando sus ropas, mientras su cara ya estaba empapada por las lágrimas. A Cinthya ya no le importaba Penélope. Sólo le importaba Pedro, su novio, y la nueva vida que tenía a su lado. Penélope tenía razón, Pedro la había hecho cambiar, ya no era la joven con la que Penélope había crecido.
 

Desvanecí mis pensamientos como el humo de mi cigarro se desvanecía en el aire. Traté de retomar mi trabajo, pero alguien tocó a mi puerta. No tenía que preguntar quién era, ya sabía que era ella.

Entró a mi cuarto y se sentó en la cama, no como en aquellos días en que se sentaba con las piernas dobladas, esta vez lo hizo en la orilla, frotando sus manos y mirando alrededor intentando tomar algo de valor.
–¿Quieres algo de tomar? –le pregunté con simplicidad–, siempre cargo con una botella de vino y refrescos.
–Vino... gracias.
Saqué la botella de mi maleta. Se supone que no debía tener alcohol dentro del campus, pero yo siempre cargo con una por si acaso. Igual que el personaje de Stephen King “Paul Sheldon”, siempre abro una botella de vino cuando termino alguna obra, y nunca se sabe cuando va a suceder. Abrí la botella, serví dos vasos y me senté en la silla, casi frente a Cynthia.
–Leí acerca de tu último libro en una revista. No puedo creer que seas tan famosa, Penny.
–No, para nada. No soy famosa, simplemente he tenido suerte con la editorial. Les gusta casi todo lo que escribo.
–Tú no necesitas este taller. Ya eres una escritora de erotismo.
–No te creas... Todavía necesito aprender muchas cosas. Además, cuando supe que Anyja Wooldrich lo iba a dar, no me pude resistir... Para que veas, ella sí es una escritora de erotismo famosa... yo no.
–Tú siempre has sido buena. Me acuerdo de tu primera historia, la que leíamos en la escuela, cuando salíamos al recreo.
–Sí... todavía la tengo—, dije, sonriendo con nostalgia.

En aquellos días siempre escribía sobre personajes femeninos. Cynthia y yo éramos las protagonistas, siempre rodeadas de hombres. Ellas eran ricas, hermosas y siempre felices. 

Terminamos nuestro primer vaso de vino en tres tragos y serví el segundo. Ninguna de las dos sabíamos cómo mantener la conversación, saltábamos de tema en tema, siendo cautelosas de no hablar acerca de aquel verano. Cynthia vio que mi computadora estaba prendida.
–¿Estabas trabajando?
–No, estaba revisando mi último cuento para matar el tiempo.
–Si quieres me voy... No te quiero molestar.

Se puso de pie y tuve que detenerla de la mano. Estaba fría y sudando, su principal señal de nerviosismo. Cuando Rubén la besó por primera vez, sus manos estaban así.
–No... No, por favor, no te vayas –tenía que decirlo, pero ahora también tenía que seguir hablando–. Tenemos mucho de qué hablar –insistí.

Ella sonrió, tomó mi mano entre las suyas y se sentó de nuevo, pero esta vez con una pierna doblada debajo de la otra. Sí, se sentía un poco más cómoda, y yo también.
–Tuviste razón sobre Pedro. Sólo me usó y se aprovechaba de mi dinero.
–Cynthia, nunca quise lastimarte... Sí, lo acepto, te traicioné, pero estaba furiosa de ver lo que estaba haciendo contigo... Además, ya no me escuchabas, estabas cegada por él.
–Lo sé... Y nunca me voy a perdonar el haber cambiado a mi mejor amiga por un novio... Inclusive, uno que ni siquiera me quería.
–Cynthia... ¿me puedes perdonar? Fui una estúpida... Y... tengo que aceptar que estaba celosa.
–Te perdoné hace mucho tiempo... pero, ¿tú me puedes perdonar?

Los ojos de Cynthia se llenaron de lágrimas. Salté de la silla a la cama para abrazarla. ¿Cómo no iba a perdonar a mi mejor amiga? Mi única y verdadera amiga, a la que he extrañado mucho todos estos años... Compartimos una vida juntas, y construimos nuestros sueños, noche tras noche, también juntas.

Después de unas cuantas lágrimas de cada una, empezamos a ponernos al corriente sobre nuestras vidas. Cynthia no se sorprendió al escuchar que yo había tenido varios amantes y otras tantas relaciones serias. Esa era mi esencia, yo estaba hecha para amar y ser amada. Por lo menos eso era lo que ella siempre pensó acerca de mí. 

El viernes por la mañana nos despertó el teléfono. Nos quedamos dormidas en la misma cama como cuando éramos adolescentes, platicando y soñando. Cynthia salió de mi cuarto para arreglarse antes del desayuno e iniciar el primer día del taller.

De los quince estudiantes que éramos, sólo dos teníamos una carrera como escritores. Leo tenía 35 años y había publicado dos libros además de cinco antologías junto con otros escritores conocidos. Igual que yo, estaba ahí para conocer a Anjya, absorber todo lo que pudiera de sus palabras, pensamientos y trabajo. Ambos la admirábamos e hicimos lo posible por ser los primeros en la clase.

La dinámica del curso era excelente. Anjya supo cómo hacernos interactuar de inmediato a través de un ejercicio. Estábamos sentados en las bancas formando un círculo y Leo estaba a mi derecha. Pasamos la primera hora platicando acerca de cada uno de los alumnos y lo que esperábamos de la escritura. Entonces, nos dio un descanso, citando sus palabras: “Van a necesitar este receso para el siguiente ejercicio.”

Al fondo del salón había una mesa con galletas y café. Tomé una taza y me salí del salón para fumar. Sé que es un pésimo hábito, pero no me he podido deshacer de él. Leo salió detrás de mi, pues igual que yo, es un fumador empedernido.

–Así que tú eres la famosa Penny Cordero –dijo, encendiendo mi cigarrillo.
Le sonreí en lugar de responder, mirando sus bellos ojos verdes que estaban enmarcados por espesas cejas y pestañas largas y curvas. Podía ver también la barba creciendo en sus mejillas a través de sus poros.
–Sí, soy Penny Cordero, pero no soy tan famosa.
–Al menos en las revistas para caballeros lo eres. No puedo tomar un ejemplar de ‘Max’ sin buscar una de tus historias.
Sentí que me empezaba a ruborizar...
–Siempre me he preguntado algo acerca de tus historias...
–¿Y qué es? –pregunté tratando de mostrarle mi sonrisa más linda.
–Es... una pregunta personal, ¿puedo?
–Claro... dime.
–¿Realmente has vivido todo lo que has escrito?
¡Por supuesto que no! Nunca me imaginé que un escritor pudiera hacer semejante pregunta, tan clásica en el género masculino. Toda aquella grande y enorme imagen que me había hecho de él, desapareció de inmediato ante mis ojos. Le di una fumada a mi cigarro e intenté sonreír de una forma amable antes de responderle.
–¿Realmente crees que Ágata Christy mató o conoció a más de cincuenta asesinos para poder escribir sus historias?
Tiré mi cigarrillo al suelo y lo aplasté con el zapato como si estuviera aplastando el cerebro de Leo; después, regresé al edificio. Para ese momento ya no tenía dudas, Leo era heterosexual. Sólo los hombres heterosexuales tienen una forma tan estúpida de expresarse cuando intentan ligar, coquetear o impresionar a una mujer, y él no era la excepción. 

De regreso en el salón, Anjya nos dio una tarea bastante difícil: describir a alguien del salón de clases, de tu mismo sexo, desde el punto de vista del sexo opuesto. No podíamos tomarnos a nosotros mismos como modelos, tenía que ser alguien más y no necesitábamos decir quién era dentro de la descripción; de hecho, no teníamos qué decirlo, ya que Anjya no quería que nadie se sintiera incómodo. Así que yo tenía que elegir a una mujer de la clase y describirla como si fuera un hombre. Era sencillo, yo tenía a alguien que conocía mejor que a mí misma y estaba justo frente a mi: Cynthia.

Anjya nos dio una hora para hacer el ejercicio y una hora después de terminarlo, para comer. Ella iba a usar el horario de la comida para revisar las descripciones y analizar las mejores y la peores en el siguiente período de clase.

Para mi mayor sorpresa, Cynthia fue la primera en entregarle su descripción y salió del salón. Mi modelo había desaparecido, pero yo tenía su figura en mi mente. La había visto desnuda en innumerables ocasiones junto a mí, igual que ella me había visto a mí. Describí su cuerpo como lo recordaba de años atrás...

"Ella es pequeña, con cabello corto y negro, brillante como la seda y lacio hasta los hombros; sus ojos café, en forma de almendras, son su mejor forma de comunicarse, y sus pómulos prominentes hoy en día, podrían parecer producto de una cirugía. Todo su cuerpo está proporcionado a su tamaño. La línea recta que le da a sus hombros, esa curva perfecta, viene desde su cuello delgado y largo. Tras la curva puedes encontrar un lunar de nacimiento en su hombro izquierdo, que más parece un círculo perfecto y delineado. Su angosta espalda es lo opuesto a sus senos, suaves, abultados en forma de pera". 

Recuerdo que solíamos estar orgullosas de nuestros senos, nos encantaba el tener bubis más grandes que las otras chavas de nuestra edad.

“Su piel siempre ha sido suave, blanca y delicada. No puede utilizar ningún producto para la piel; incluso, su maquillaje es hipoalergénico, porque de lo contrario, le produce salpullido. Volviendo a su pecho, la línea continúa hasta su cintura, que no es tan marcada como en el cuerpo de otras mujeres, apenas y se puede distinguir, pero las formas hacen una curva más pronunciada al llegar a sus caderas. No tiene mucha nalga, de hecho está plana, pero su cadera es redonda y la hace verse torneada.

Debajo de su ombligo puedes ver un camino de vello que llega hasta su vulva. No es una mujer muy velluda, pero este caminito siempre la ha hecho sentirse incómoda. Su cadera se divide en sus muslos; la línea continúa hasta sus rodillas, donde se angosta, dándole a sus piernas una forma torneada. Sus tobillos son delgados y huesudos, y sus estrechos pies terminan con dedos largos y espigados. El segundo dedo en ambos pies está un poco más largo que los demás. Tímida como es, si estuviera parada frente a la clase, completamente desnuda, probablemente sus manos pequeñas y delgadas estarían cubriendo su vulva cubierta por espeso y negro vello. Nunca ha tenido problemas para enseñar su busto, pero su concha, esa es privada, una parte íntima que no compartiría con cualquiera.” 

Salí del salón y caminé hacia la cafetería. Ya tenía mi charola con comida y estaba buscando dónde sentarme cuando Leo me hizo una señal con la mano llamándome para sentarme con él. A su lado estaba Cinthya, como siempre sonriente y adorable. Respondí con una sonrisa para ambos y llegué hasta la mesa. Leo se levantó para acomodarme la silla, seguramente quería borrar la imagen de patán libidinoso que me dejó durante el coffe brake del curso. Él y Cinthya ya tenían un rato platicando, incluso habían empezado a comer. Me quedé en silencio los primeros minutos intentando averiguar de qué hablaban, hasta que Cinthya, como si pudiera leer mis pensamientos, me lo dijo:
–Leo nos invitó a una fiesta del campus hoy en la noche.
–¿Fiesta? ¿Y quién la organiza?
–Es clandestina –respondió él–. Le decía a Cinthya que siempre hay una especie de bienvenida el primer día de clases. Es en uno de los salones comunes del otro lado.
–¿Y tú cómo sabes de eso?
–No es la primera vez que tomo talleres aquí, Penny. Se puede decir que esta universidad es como mi segundo hogar durante el verano.

Con esa respuesta comprendí el por qué de su absurda pregunta cuando salimos a fumar. Leo no era ni la mitad del hombre de mundo y conquistador que aparentaba. Por el contrario, era un sujeto algo solitario que se inscribía todo el verano en talleres por su carencia de amistades y vida propia.

–¿Qué dices? ¿Vamos a la fiesta? –me preguntó Cinthya con esa expresión de emoción que siempre surgía en su rostro cuando se trataba de hacer algo prohibido.
–Pues sí… Igual, depende de lo pesado que esté el curso en la tarde.

Odiaba eso... Esa sobre protección de Cinthya desde que éramos niñas. Si ella era la invitada, ¿por qué tenía qué cargar conmigo? Odiaba que sintiera lástima por mí y que lo disfrazara de compañerismo. 

Cinthya y Penélope creían que el mundo era suyo. Apenas tenían 17 y 16 años, respectivamente, y sentían que podían conquistar a cualquier hombre. Cada vez que salían solas al cine, de compras o a tomar un simple café, volteaban a todos lados para identificar su objetivo. Una tarde, en el cine, descubrieron un grupo de muchachos un poco mayores que ellas. Uno de ellos vestía una chamarra de piel color café, quien miró a Penélope, y coqueto, le guiñó un ojo. Ella sintió que el hombre estaba a punto de caer ante sus pies e inconsciente, decidió dejarle una pequeña nota en el parabrisas de su coche: “Hola, soy la chava del carro blanco. Llámame.”
Cinthya, igual que Penélope, sentía que aquel detalle era como una travesura, por lo que apoyó a su amiga para semejante atrevimiento.

Esa misma noche el teléfono de Penélope sonó y el muchacho de la chamarra café adoptó una voz bastante varonil para su edad:
–¿Y quién eres tú, la morena o la güera?
–A la que le guiñaste el ojo.
–Ah... Entonces, eres la que me gustó.
–¿En serio?
–Sí… Desde que te vi manejando para buscar un lugar de estacionamiento me gustaste.
–Pues entonces no soy yo con quien quieres hablar… sino mi amiga. Ella era la que iba manejando.
–O sea que tú eres la güerita… ¿y cómo se llama tu amiga?
–Cinthya.
–¿Y no tienes su teléfono?
 

Siempre era lo mismo. Lo había sido en nuestra adolescencia y 15 años más tarde seguía siendo lo mismo. Los hombres que se acercaban a mí lo hacían para poder conocer a Cinthya, y ahora Leo también lo estaba haciendo. 

Regresamos al salón y durante todo el trayecto e incluso dentro del aula, me mantuve distante, callada, hasta que Anjya mencionó cuál de los trabajos había sido el mejor, a su criterio. Se trataba del de una mujer. La descripción había sido tan perfecta que, de leerla completa, la clase iba a descubrir de quién se trataba, por ello sólo iba a leer un fragmento, y por el mismo motivo iba a evitar dar el nombre del autor...

“Su piel es tersa como la seda… Cada que mis manos recuerdan su tacto, mi inconsciente me pide más y más de ese recuerdo, como si quisiera saciar el deseo que me provoca con sólo mirarla. Nunca he besado sus senos, pero los conozco a la perfección: blancos, redondos, sumamente abultados, coronados por dos pezones rosados que, a la menor provocación, se yerguen jalando las miradas como imanes al metal. Los he tenido cerca, muy cerca, pero nunca me he atrevido a probarlos. El resto de su cuerpo es simplemente monumental, salpicado por pequeñas pecas que parecieran marcar el trayecto de las caricias que quiere sentir, hasta llegar al punto que ocultan sus piernas, medio cubierto por un escaso vello, pero lleno de miel.” 

Me quedé petrificada. Me sentí descubierta ante el resto de la clase y pude ver que Cinthya se sintió de la misma forma. Racionalmente, era imposible que los demás supieran quién hablaba y de quién hablaba, pero emocionalmente, supe que se trataba de mi, y que ella había escrito aquello. Tal vez Cinthya había pensado lo mismo que yo, describir a alguien que conoces para no errar, sólo que su descripción iba acompañada de algo más. 

El primer día del curso terminó poco antes de la siete de la noche y Anjya nos puso una tarea aún más difícil que aquel primer trabajo: escribir una historia erótica, desde el punto de vista de un objeto inanimado sin descubrir qué es, sino hasta el final de la historia.

Salí del salón en forma automática... Caminé por los pasillos sin darme cuenta que Cinthya me seguía, temerosa de llamar mi atención. Sin embargo, quien sí se acercó fue Leo...
–¿Qué tal la descripción?
No escuché lo que decía, seguí caminando hasta que me llamó por mi nombre.
–Penny…
–Perdón… ¿qué me decías?
–¿Qué… te quedaste también pensando en la descripción?
–No… no… Pensaba en otra cosa.
–Oye, ¿qué onda? ¿Sí vamos a ir a la fiesta?
–No creo… Con el cuento que tenemos que escribir, prefiero aprovechar el tiempo para terminarlo.
–Bueno, como quieras… De todas formas, te toco a eso de las once, ¿va?
–Sí… sí quieres.

Leo desapareció por el corredor; yo seguí un piso más arriba y llegué hasta mi habitación, aún pensando en las palabras escritas por Cinthya: “… los he tenido cerca, muy cerca, pero nunca me he atrevido a probarlos...”

Cinthya estaba recostada en la cama, su espalda recargada sobre dos almohadones que a su vez, se recargaban en la cabecera de la cama de su mamá. Era muy noche, casi de madrugada y no podía dormir. Cambiaba los canales de la televisión intentando que algo atrapara su atención. A su lado, Penny dormía apacible. De pronto, unos gemidos provenientes del aparato despertaron a Penny. Aún adormilada, ésta levantó la cabeza de entre las cobijas para ver de dónde venían tales gemidos. En la pantalla había una pareja haciendo el amor. Ella sobre el cuerpo desnudo de él, meciéndose y permitiendo que él jugara con sus senos operados.

–¿Qué ves?
–No sé, pero creo que es una película porno.
Penny se acomodó de manera diferente para ver la pantalla completa.
–Bájale, los gemidos se oyen muy fuertes.
La otra obedeció. Penny se acercó a Cinthya y se reclinó sobre su cuerpo.
Cinthya levantó uno de sus brazos, permitiendo que posara su cabeza sobre su pecho, quedando uno de sus senos a escasos centímetros de la boca de Penny. La mano de Cinthya terminó sobre la espalda de Penny y ambas guardaron silencio por unos minutos observando la escena.
–¿Qué se sentirá?
–¿Qué?
–Hacer el amor…
–Quién sabe... pero por la forma en que grita la chava, yo creo que padre.
–Cinthya… cuando lo hagas con Gabriel, ¿me vas a contar?
–¿Por qué crees que lo voy a hacer con él?
–¿A poco no te gustaría?
–No sé… A veces sí… pero me da miedo.

Volvieron a quedar en silencio. La pareja de la pantalla había cambiado de posición. Ahora él estaba sobre ella y la boca del hombre pellizcaba los senos de la actriz.
–Oye, Cinthya… ¿te puedo preguntar algo?
–Ajá…
–¿No sientes rarito?
–¿Rarito?
–Ajá… No sé… como cosquillitas ahí.
Cinthya no tuvo que responder, su risa nerviosa la delató antes de decir que sí.
–¿Qué se siente que te chupen así?
–Ay… no sé… Pues… rico…
–¿Te los han chupado sin ropa?
–No… todavía no… Pero yo creo que se ha de sentir igual.
Penélope se empezó a reír, igualmente nerviosa.
–¿Qué te pasa?
–Nada… Es que… se te pararon los pezones… Mira…
Cinthya bajó la vista y se miró, pero ninguna cambió su posición en la cama.
–Tienes razón… ¿y a ti no?
–No sé…
–A ver…
La mano de Cinthya caminó por la espalda de Penny hacia el frente, sintiendo la erección de uno de sus pezones. Penny siguió riéndose.
–¿De qué te ríes?
–Ay, no sé… Sentí raro.
–Eres una mensa.
La mano de Cinthya volvió a la espalda de Penny.
–¿Me dejas ver qué se siente morderlos?
Cinthya se enderezó, casi aventándola.
–¿Qué te pasa?
–Ay, no es para tanto… Era una broma.
–Ajá, una broma… ¡Cómo no!
–Claro que era una broma… ¿Por qué te pones así? Además, tú me tocaste y yo no dije nada.
–Pero es diferente… Fue porque no te ibas a mover y a desacomodarte.
–Ajá, claro.
Penélope se dio media vuelta sobre la cama y nunca más volvieron a mencionar el incidente.
 

Durante muchos años pensé que yo era la que sentía cierta atracción por Cinthya, sobre todo después de aquella noche, pero al escuchar la descripción que había hecho de mí, toda aquella escena tenía un nuevo significado. Justo intentaba encontrarlo cuando tocaron a la puerta. Era ella...

–¿Estás molesta?
–No, ¿por qué?
–Pues por lo que escribí… Sabía que te ibas a dar cuenta si lo leías.
–Pásale...

Cinthya entró y se volvió a sentar en la orilla de la cama, igual que la noche anterior, con las piernas juntas y frotándose las manos.
–¿Quieres vino?
–Bueno…
Iba a ser una larga noche, lo presentía y las dos botellas de vino que tenía guardadas tal vez no nos iban a alcanzar.
–¿Sí te molestaste?
–Claro que no… ¿por qué piensas eso?
–Por como saliste del salón.
–Bueno, la verdad me sorprendió… pero no me molesté… Además… yo

también te describí a ti.
Cinthya empezó a reír, con esa risita contagiosa que me hacía reír a mi también.
–Sí, era lógico… Digo, de describirte a ti o tú a mí, a hacerlo con otra, pues…
–Lo mismo pensé.
–¿No vas a ir a la fiesta con Leo?

Mi semblante cambió instantáneamente, pero fue tarde cuando me di cuenta.
–¿Qué, no te cae bien?
–No, no es eso… Seamos honestas, Cinthya. Leo te invitó a ti… No tienes qué invitarme, como cuando éramos niñas, para hacerme sentir bien.
–¿A poco piensas eso?
Sólo la miré.
–No, Penny… al contrario… Cuando Leo me dijo que te quería invitar, yo fui quien le preguntó si yo podía ir…
–¿En serio?
–No tengo por qué mentirte… En serio… Yo creo que Leo quiere contigo.
–¿Por qué…? ¿Te dijo algo?
–Sí… Que creía que la había regado contigo en el brake, y que quería cambiar la impresión que te dejó.
–¿No me estás choreando?
–Claro que no… Y cuando le dije que somos amigas desde hace años, me preguntó si le podía ayudar para que fueras a la fiesta.
–¡Qué flojera! Parece un adolescente.
–¿Te parece?
–Claro, eso de que se escude en la mejor amiga de la chava que le gusta, es de mocosos.
Cinthya me miró, de una manera que nunca antes había visto, sus ojos brillaban y su sonrisa iluminaba el resto de su cara.
–¿Es en serio lo que dijiste?
–¿Qué?
–Eso de que… soy tu mejor amiga...
Cinthya y yo también compartíamos una debilidad: necesitábamos que las personas que nos amaban nos reafirmaran ese amor con palabras, con actos, con caricias... Por eso, me senté junto a ella en la cama y la abracé.
–Nunca has dejado de serlo.

Ella también me abrazó, y así permanecimos un rato; no sé cuánto tiempo exactamente, pero lo suficiente para que mis manos y sus manos empezaran a jugar con su cabello y el mío detrás de nuestras nucas. Las caricias eran casi inconscientes, ninguna de las dos nos dimos cuenta que ese tacto tan común y tan inocente que desde niñas habíamos compartido, en ese momento se había transformado en suaves y delicadas caricias cargadas de deseo, de pasión frenada y oculta. Yo podía sentir sus manos subiendo y bajando por mi espalda y su rostro anidando en mi cuello, mientras que mis labios anidaban en el suyo y mis manos se perdían en su espalda. Podía escuchar su respiración discorde con la mía, pero ambas aumentando el ritmo, ambas casi jadeantes; sus labios no sólo rozaban mi piel, también la besaban, y sus manos tímidas intentaban escurrirse por debajo de mi playera. Sentí uno de sus dedos hacerlo y arrepentirse de inmediato. Cinthya necesitaba una señal, algo que le dijera que siguiera adelante, que no se detuviera, una respuesta de mi parte sin palabras para continuar… Por ello, metí mi mano por la pretina de su pantalón intentando llegar a sus nalgas y su respuesta fue inmediata. Acompañadas de un pequeño gemido, sus manos tomaron la bastilla de mi playera para sacarla por mi cabeza.

Hasta ese momento nos miramos a los ojos. Seguíamos en silencio, tratando de adivinar lo que la otra pensaba, tratando de ocultar el miedo y tratando de entender lo que estaba pasando. Sosteniendo aquella mirada, nueva para mí, llena de luz y penetrando mis ojos, Cinthya rozó uno de mis senos con sus dedos. Como todas las anteriores, fue una caricia suave y delicada; las yemas de sus dedos bajaron desde el nacimiento de mi seno hasta el centro del mismo, sintiendo mi pezón ya erecto, tocándolo, rozándolo y estimulándolo. Nuestras miradas seguían clavadas en nuestros ojos. Sus dedos empezaron a hacer círculos sobre la aureola de mi pezón aún cubierto por el encaje de mi sostén. No quería dejar de mirarla, pero la caricia me obligó a cerrar los ojos y a gemir.

Cuando los volvía a abrir, me sonreía y sus dedos seguían jugando sólo con uno de mis pezones, mientras la otra mano desabotonaba su blusa dejándome ver ese par de senos ya no tan firmes, que permanecían cubiertos solamente por su blusa y que yo había descrito tan nítidamente en la clase. Mi mirada volvió a perder la de ella para verlos, para darme cuenta que, a pesar del tiempo y tres bebés, seguían manteniendo la misma forma. Cinthya se descubrió uno de ellos por completo, sacando sólo un brazo de la blusa. La excitación que me provocaba verla y sentirla me pedía que la tocara, que colocara mis manos sobre ellos para que mis palmas fueran las copas de un sostén hecho de carne. Mi mirada volvió a su rostro... Ella estaba esperando, sus dedos ahora subían y bajaban por mi pezón, estimulándolo con sus yemas y sus uñas, como si ambos fueran la cauda de una brocha que pintaba sobre el brote que se veía a la perfección a través del encaje. Mis manos por fin se decidieron, la tocaron al mismo tiempo que Leo tocó la puerta...

–Penny…. Penny, ¿estás ahí?
Ambas reaccionamos de la misma forma, como si despertáramos de un sueño, de un letargo.
–Sí, Leo… Ahí voy…

Me levanté de la cama como impulsada por un resorte y me volteé de espaldas para ponerme la playera, mientras que Cinthya igualmente me daba la espalda para abotonar y acomodar su blusa. Di media vuelta, ella aún no terminaba con los botones, la prisa y los nervios la habían hecho que los cerrara disparejos. No pude evitar reírme.
–Cinthya… están chuecos…
Ella se miró y se sonrojó.
–Si quieres, métete al baño.
Sólo asintió y se encerró en el baño. Por fin abrí la puerta. Leo estaba ahí, vestido con jeans ajustados que remarcaban más sus muslos y una camisa algo desabotonada que me permitía ver el vello tupido que seguramente cubría todo su cuerpo. Sus manos estaban detrás de su espalda.

–¿Qué pasó? –pregunté tratando de aparentar tranquilidad.
–Es que… vine a ver si vamos a ir a la fiesta.
Cerré los ojos. Había olvidado por completo que iba a buscarme.
–Todavía no estoy lista…
Leo descubrió sus manos y me dio una rosa recién cortada de los jardines del campus.
–¿Te gustan las flores?
–¿A qué mujer no…?
–Entonces… si quieres vengo más tarde... Digo, para que te tomes tu tiempo.
–Es que…
Escuché la puerta del baño abrirse y vi la reacción de Leo, decepcionándose.
–Ya… Estás ocupada…
Cinthya apareció en la puerta y Leo no sólo sonrió, también volvió a tener esperanzas.
–Hola, Leo... Nos vemos mañana, Penny, que descanses.
Cinthya cruzó el pasillo y entró a su habitación.
–¿Qué, no va a ir con nosotros?
–No, creo que no –. Ahora la decepcionada era yo. 

Le pedí que me diera una hora para arreglarme. Ciertamente necesitaba distraerme esa noche, tomarme más de tres copas y pensar en lo que había sucedido, aunque él no era precisamente la compañía que necesitaba en ese momento. En más de una ocasión tuvo que repetirme lo que decía pues mis pensamientos y concentración estaban dirigidos a la habitación 308 del campus. 

Regresamos temprano de la fiesta y Leo me acompañó hasta la puerta de mi habitación, tal vez pensando que podría pasar del marco, pero no fue así. Cuando se inclinó para despedirse me robó un beso que, poco a poco, se fue prolongando. Entonces, me di cuenta que Cinthya y yo, a pesar de la cachondería que habíamos emanado y nos habíamos provocado esa tarde, no nos habíamos besado. ¿Cómo serían sus besos? ¿Cómo se sentirían sus labios sobre los míos?

Me separé de Leo, le di las gracias y me metí a la habitación. Estaba lo suficientemente tomada como para aceptar que Leo me besara, pero lo suficientemente consciente para saber que tenía que hablar con Cinthya. Que necesitábamos hablar de lo sucedido.

Esperé diez minutos, tiempo razonable para que Leo hubiera desaparecido del pasillo. Salí y toqué en la puerta de Cinthya.
–Cinthya… Cinthya, ábreme, por favor… Cinthya… – No hubo respuesta.
–Cinthya, por favor… No quiero que las cosas se vuelvan a quedar así… Ábreme –. Sin darme cuenta, empecé a levantar la voz.
–Necesitamos hablar, no seas terca, ¡ábreme!

Escuché la cerradura y la puerta se entreabrió. La empujé para encontrar a Cinthya sentada en su cama, distante, vistiendo sólo una playera. Cerré y me acerqué a la cama.
–Cinthya…
–¿Crees que valga la pena?
–¿Qué, hablar? Claro que sí.
Me senté en la orilla. Cinthya recogió sus piernas y se miraba hecha un ovillo, recargada en la cabecera de la cama.
–¿Tú crees que no vale la pena?
–No lo sé… No sé, Penny… Ni siquiera sé qué fue lo que pasó y por qué…
–Yo tampoco… Pero sucedió y no podemos negarlo. Tampoco podemos hacer de cuenta que no pasó nada, porque no es así.

Ella bajó la mirada, y pude ver que lo hacía para ocultar las lágrimas. Me acerqué un poco más, intentando tocarla, hacerle sentir que todo estaba bien, que estaba conmigo, su mejor amiga.
–¿Por qué lloras? ¿Sientes vergüenza de lo que pasó?
–No… No lo sé, no lo sé, ¡no lo sé!

Cinthya se soltó llorando. Me acerqué más y la tomé entre mis brazos. Sus piernas rodearon mi cadera y nos empezamos a mecer mientras ella lloraba.
–Perdóname, Penny… Perdóname…
–No tengo nada qué perdonarte… No seas tontita… Tú no me hiciste nada, yo también lo deseaba… Si no, te hubiera detenido.

Ella se separó un poco, su rostro estaba húmedo por las lágrimas y tenía cabellos pegados al mismo. Mi mano intentó acomodarlo detrás de sus orejas mientras me veía.
–¿En serio lo deseabas?
–Sí… Bueno, no me había dado cuenta hasta ese momento… Hasta que sentí tus manos en mi espalda, supe que sí lo deseaba.
–Yo lo supe hace mucho tiempo… Lo supe el día que te toqué, cuando estábamos viendo la tele en mi casa, ¿te acuerdas?
Sólo asentí.
–Por eso me tenía qué separar de ti… Por eso te dejé de hablar cuando pasó lo de Pedro, porque necesitaba un pretexto para alejarte de mi… Para no verte más y no seguirte deseando a escondidas… Perdóname, Penny, perdóname…

No pude contenerme, tomé su rostro entre mis manos y la besé en los labios. Un beso tibio, cálido, tembloroso y hasta torpe que, poco a poco, se fue encendiendo, llenándose de deseo, de pasión y de verdad. Sin separarse de mis labios, sus manos volvieron a mi torso para quitarme la blusa nuevamente, pero esta vez acompañada del brassiere. Cinthya las colocó sobre mis senos y suspiró dentro de mi boca. Mis manos estaban sobre sus muslos desnudos, a punto de llegar a sus nalgas, igualmente desnudas. Nuestros labios se separaron y ahora nuestros ojos se encontraron. Otra vez volvimos al trance...

Cinthya me hizo inclinarme hasta que quedé completamente acostada sobre la cama. Me miraba feliz, no sólo con deseo, sino también con amor. Eso era lo que no había alcanzado a descubrir en su mirada horas antes. Ese brillo que la hacía verse tan diferente no era otra cosa más que amor.

Se sentó a horcajadas sobre mi cadera, viéndome, mirándome, pasando el dorso de sus dedos por mi rostro, sonriendo, dejándolos sobre mis labios para que yo los besara, y llevándolos hasta mi pecho, circundando mis pezones que permanecían erectos. Cinthya los miró, se inclinó un poco sobre mi cuerpo y sonriendo me dijo:
–Por fin los voy a probar.