La Puerta de al Lado

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Si alguien les pregunta a Brenda y a Leopoldo cómo se conocieron, su respuesta sería la misma: “Fernanda nos presentó…” Y es verdad, en todos los aspectos, gracias a mi han podido disfrutar de un año lleno de amor, pasión, felicidad y compañía… muchas veces sólo entre ellos, y muchas otras también conmigo. 

Brenda y yo trabajábamos en una estación de Radio, ella era la titular de un programa nocturno llamado “Reflejos de luna”, dirigido a todas las almas solitarias que inundan la ciudad pero que pocos pueden descubrir. Su voz era la mejor del cuadrante, por eso no dudaron en darle un horario estelar cuando hizo su prueba de locución. Yo en cambio, era la voz institucional de la estación y soñaba con tener un pequeño espacio para poderme comunicar con los radioescuchas. Nos conocimos en una de las cabinas; yo estaba grabando las identificaciones del mes y Brenda, escuchándome, esperaba pacientemente a que la cabina se desocupara para grabar la entrada y salida de su programa. Estaba tan concentrada en el último texto que debía leer, que nunca la vi junto al operador, fue hasta que levanté la vista para decirle a Agustín que podíamos empezar cuando mis ojos la descubrieron. El operador me dio la indicación y empezó a grabarme; en menos de dos minutos terminé y salí de la cabina dispuesta a escucharme y, como siempre, encontrarle algún pero a mi trabajo sin embargo Brenda me contradijo “¿Cómo puedes decir eso? Te salió perfecto… Con razón todo el mundo escucha esta estación… Con esa voz, ¿quién no lo haría?” Le sonreí, y se presento “Soy Brenda, la conductora de Reflejos de Luna”, “Mucho gusto, yo soy Fernanda…” Brenda caminó hacia la cabina, y antes de llegar a la puerta volteó a verme nuevamente “Oye, Fernanda, ¿no te gustaría ir a mi programa de invitada uno de estos días? Estoy segura que mucha gente tiene curiosidad por saber quién está detrás de la voz de Pasión por la radio” y sin decir más Brenda entró a la cabina. 

Una semana después le tomé la palabra, se suponía que sólo iba a estar veinte minutos al aire con ella, pero las llamadas eran tantas que terminé acompañándola a lo largo de todo el programa. Desde ese día nos volvimos inseparables, y con el tiempo nos convertimos en las mejores amigas. 

Ese día, también, tras casi un año y medio de ser vecinos, Leopoldo me abordó en el pasillo del edificio para felicitarme; había escuchado la entrevista y hasta entonces ubicó que era mi voz la que escuchaba todos los días en punto de la hora a través de la radio. “¿Sabes por qué me di cuenta que eras tú? Porque tienes una frase única, que te he escuchado decir mil veces cuando tienes reuniones, o cuando hablas por teléfono…” ¿Me estaba diciendo escandalosa? Digo, si puede escuchar mis conversaciones telefónicas es porque seguramente soy muy escandalosa “¿Ah si? ¿Y cuál es la frase?” “De qué verbo… A nadie más se la he escuchado, y por eso supe que eras tú.” “Pues sí, soy yo…” Dije abriendo por fin la puerta de mi departamento que colindaba con la de él, “Yo sé que igual te va a sonar muy lanzado pero… ¿quieres ir a tomar un café?” “¿Ahorita?” “Pues… si no tienes nada qué hacer…” Vi el reloj, eran las diez de la noche, ¿cuánto tiempo nos podíamos pasar en el café, una, dos horas? “Okey…” y volví a cerrar la puerta de mi departamento. 

Leopoldo es ingeniero civil, y gracias al desempleo lleva dos años dedicándose a los Bienes Raíces, negocio que le ha funcionado por sus conocimientos en construcción. Las dos horas en el café se convirtieron en cuatro, que perfectamente pudieron ser más a no ser porque nos pidieron que pagáramos la cuenta, pues estaban a punto de cerrar. Caminamos de regreso al edificio, y en la puerta de mi departamento Leopoldo me robó el primer beso… suave, cálido, electrizante. Sus labios atraparon los míos y su lengua inmediatamente traspasó el límite logrando que me estremeciera, que empezara a derretirme por dentro como una vela lo hace al sentir el pabilo encendido. Me quedé recargada en la puerta, mirándolo a los ojos y sin saber qué responder “Tienes una boca deliciosa” me dijo, y volvió a besarme, pero esta vez sus manos acompañaron a sus labios en un juego de caricias que terminaron por deshacerme. Mi bolso cayó al suelo junto con su saco y su corbata, en cuestión de minutos mi cabello también estaba en el suelo, y mi espalda intentaba amoldarse a declive de las escaleras mientras que su boca se amoldaba entre mis piernas. Esa lengua gruesa y deliciosa que me hizo callar mientras me besaba, ahora me hacía gemir cada vez que se paseaba por mi labia. Sus manos grandes y gruesas recorrían mi torso llegando hasta mis senos erectos e hinchados por la excitación. Leopoldo balbuceaba mientras se alimentaba de mi miel, eran palabras que no alcanzaba a comprender que se perdían en el interior de mi vulva y en el eco de mis piernas. El sonido de unas pisadas lo hizo detenerse, nos miramos y sin decir nada corrimos a refugiarnos en mi departamento, las llaves se habían quedado en la cerradura cuando me besó por primera vez; parecíamos dos adolescentes escondiéndonos en el baño de la secundaria al sentir la proximidad de un maestro, pues ambos nos quedamos estáticos detrás de la puerta intentando escuchar hacia dónde se dirigían los pasos. El sonido de los tacones por fin desapareció en el siguiente piso, Leopoldo y yo nos reímos, pero nuestra sonrisa se volvió a transformar en caricias bucales cuando descubrí que el interior de su bragueta seguía erecto. 

Si bien esa noche tuvimos un buen sexo, que hasta me atrevo a calificar de rico, nuestra plática post-amatoria fue mejor aún. Era la primera vez en muchos años que me topaba con un hombre que decidía realmente platicar después de tener relaciones sexuales, todo un hallazgo para mí. Desde ese día nos volvimos amantes, y con el tiempo en los mejores amigos. 

Así dividía mis días y mis noches, entre Brenda y Leopoldo, aunque al principio no tenía la suficiente confianza para decirle a ella que mi vecino era mi amante, y todo gracias a aquel día en que me permitió ser parte de su programa. Tal vez porque yo lo veía más como un buen amigo, un hombre a quien podía contarle todo sin necesidad de reprimirme y lo más importante sin necesidad de fingir para causarle una buena impresión. Por otro lado, Brenda sí me convirtió en su confidente, en la depositaria no sólo de sus temores, sino también de sus fantasías más escondidas y nunca realizadas… una de ellas era conocer el placer que provoca el cuerpo de otra mujer. Fue hasta que Brenda me hizo tal confesión que mi mente empezó a jugar con la imagen, ¿qué se sentiría? ¿Qué tan agradable, o desagradable podría ser? Cada vez que me encontraba a mí misma haciéndome estas preguntas, la primera imagen que mis recuerdos destapaban era la sonrisa y la mirada de Brenda aquel día en la cabina de grabación. 

Pasaron seis meses, hasta que Brenda y Leopoldo se encontraron en la puerta de mi departamento… Entre ellos fue amor a primera vista, no lo podían ocultar; cuando abrí la puerta para que ella entrara los dos estaban en silencio, comunicándose a través de su mirada. “No se conocen, ¿verdad? Brenda, él es Leopoldo mi vecino y un gran amigo; Leopoldo, ella es Brenda mi mejor amiga y compañera del trabajo” Sin decir nada se estrecharon la mano y Brenda entró a mi departamento sin perder de vista a Leopoldo hasta que la puerta se lo impidió “Qué tipo tan guapo” fue lo único que dijo, después de suspirar, “Sí, es muy atractivo… Y te aseguro que no tarda en tocar con cualquier pretexto.” Y así fue, Leopoldo fingió no tener gas en su departamento y con demasiada pena me preguntó si podía bañarse en el mío. Brenda lo siguió con la mirada, desde la estancia hasta que el pasillo de las recámaras donde lo perdió de vista cuando dio vuelta a la izquierda para entrar al baño principal. “¿Cómo supiste que iba a tocar?” “Porque lo conozco Brenda, y nunca antes había visto ese brillo en su mirada al ver a una mujer.” “¿Tu crees que le gusté?” “No, no lo creo, te lo puedo asegurar, así como te puedo asegurar que va a inventar cualquier cosa cuando termine de bañarse para pasearse en toalla para que tú lo veas.” “¿En serio?” “Tú lo vas a ver.” Y como si mis palabras hubieran sido la respuesta de un oráculo, Leopoldo salió del baño, con una toalla colgando de su cadera preguntándome si de casualidad tenía un peine qué le pudiera prestar, pues había olvidado el suyo en su departamento. Me levanté de la sala y caminé hasta la recámara, con toda la intensión de dejarlos a solas, sabía que Leopoldo iba a hacer su pase maestro, invitando a Brenda a tomar un café esa misma tarde. Desde ese día empezaron a salir juntos, y en cuestión de semanas Brenda ya estaba viviendo al lado de mi departamento. 

Durante el primer mes, apenas y los veía. Cuando me topaba con Brenda en la estación no hacía más que contarme lo feliz que era su nueva vida al lado de Leopoldo, y las pocas veces que llegué a toparme con él en las escaleras del edificio, Leopoldo no hacía más que agradecerme por presentarle a Brenda. Así llegó el día en que celebraron su primer mes viviendo juntos en el departamento de Leopoldo; él desde muy temprano fue a buscarme, me pidió que le ayudara a prepararle una sorpresa a Brenda, quería cumplir uno de sus sueños, y yo acepté. 

Esa tarde me llevé a Brenda de compras, fuimos a varias tiendas de lencería, nos probamos distintos coordinados de diversos materiales, encaje, satín, seda, algodón, hasta que cada una salió con una cantidad considerable como para estrenar a lo largo de dos meses, y por supuesto con un conjunto especial para aquella ocasión. Brenda nunca me había visto en ropa interior, y sus ojos me lo dijeron todo cuando salí por primera vez del vestidor para mostrarle el negligé de encaje que había escogido. “Se te ve… precioso” me dijo, acercándose con la intención de arreglar uno de los tirantes que quedó torcido en la premura por ponérmelo. Sus manos eran delicadas y suaves, que al contacto con mi piel hicieron que ambas nos erizáramos. Regresé al vestidor, y entonces fue su turno, salió vistiendo un conjunto en color marrón, de licra transparente, que permitía ver todo lo que un brassiere y una pantaleta deben ocultar. “Ese… Ese te queda perfecto… Sí, amiga, ese es el que tienes qué usar hoy en la noche.” 

Leopoldo estaba listo cuando Brenda y yo salimos de mi departamento para entrar en la puerta de al lado. La mesa estaba puesta, velas encendidas por todo el lugar, y la música no podía ser más adecuada: el concierto No. 4 de Mozart en piano y cuerdas. Brenda estaba encantada, algo presentía cuando le dije que no podía regresar al departamento de Leopoldo, y que debía arreglarse y cambiarse en mi casa, pero jamás imaginó aquello. Cenamos y brindamos a la luz de las velas, ambos agradeciéndome por haber sido la celestina de su amor, y entonces Leopoldo se levantó de la mesa “Mi amor, te tengo una sorpresa…” y diciendo esto, colocó una mascada de seda cubriendo los ojos de Brenda. “¿Qué vas a hacer?” “Confía en mi… Ven…”; la tomó de la mano, y la condujo hasta su recámara, donde la recostó sobre la cama “Quédate tranquila… Confías en mi, ¿verdad?” “Sí, por supuesto que sí…” Leopoldo le extendió los brazos y sostuvo sus manos, mientras que las mías empezaron a recorrer su cuerpo sintiendo la tersura de su piel, contagiándome de aquella electricidad que emanaba de sus poros gracias a mi tacto. Brenda no decía nada, ninguno de los tres decíamos nada, sólo se alcanzaba a escuchar la música desde la estancia, y los leves suspiros de Brenda al sentir mis manos cada vez más cerca de su torso despojándola de aquel vestido color tabaco que cubría la mayor parte de su piel. 

Mis labios empezaron a recorrerla, eran besos pequeños, húmedos que dejaban un invisible camino de tibieza marcando nuevos senderos… Brenda quiso mover sus manos, pero Leopoldo la detuvo “No… deja que tu cuerpo sienta lo que siempre ha querido sentir…” le dijo al oído mirándome a los ojos, quería ver hasta dónde era capaz de llegar, quería ver si mis labios lograban traspasar el límite enmarcado por aquel atuendo que yo misma había escogido para ella sabiendo que era yo quien lo iba a disfrutar. Mi boca recorrió sus muslos, la entrepierna, las ingles llegando hasta el vientre y subiendo hacia el nacimiento de sus senos donde me detuve, necesitaba verla, saber si en realidad lo estaba disfrutando “No, Leopoldo… No es así… Soy yo quien la quiere tocar… Por favor, déjame hacerlo…” Leopoldo y yo nos miramos, él la soltó, y Brenda se quitó la venda de los ojos para mirarme fijamente “Acuéstate…” me dijo mientras me tomaba de las manos; Leopoldo asintió, no se por qué sentí que necesitaba de su aprobación en ese momento, pero una vez que vi que él estaba de acuerdo, accedí a los deseos de Brenda. 

Entonces empezó su recorrido, su lengua dibujó una línea que iniciaba en el lóbulo de mis orejas, bajaba por el cuello, se ensanchaba en mis hombros y volvía a menguar al centro de mi pecho hasta llegar a la comisura formada por mis senos. Con aquellas manos delicadas y suaves que había sentido en el probador de la tienda, Brenda se deshizo de los tirantes de mi vestido, bajó ambos al mismo tiempo, dejando pequeños besos intercalados en el recorrido de mis brazos mientras sus dedos terminaban de bajar el vestido hasta mi cintura quedando mis senos desnudos a merced de sus labios ya sedientos. Con una delicadeza nata su boca se posó sobre uno de ellos adquiriendo de inmediato la forma de mi pezón el cuál se ocultó dentro de su boca dejándome sentir cómo su lengua jugaba con el brote y lo golpeteaba contra su paladar y sus dientes. Leopoldo empezó a desvestirse, la escena lo inundó de pasión, de lujuria, de un frenesí incontenible que ardía en deseos por salir de su cuerpo disfrazado de néctar blanco. 

Mientras la boca de Brenda se prendaba de mis senos y sus dedos nadaban entre mis piernas, Leopoldo se colocó detrás de ella para penetrarla… los impulsos ocasionados por su excitación no sólo arremetían dentro de Brenda; con una sincronía casi perfecta, la penetración de sus dedos entre mis labios tenían aquel mismo ritmo, aquel mismo efecto y aquella misma fuerza uniéndonos a las dos en un canto de Sirenas que, como en la mitología, volvían loco al hombre que los escuchaba. Los labios de Brenda saltaron de mi pecho a mi vulva, y el pene de Leopoldo saltó de su vulva a mis labios, haciéndonos callar a las dos para escuchar sólo los gemidos de aquel hombre que ahora compartíamos y que seguiríamos compartiendo durante seis meses más. 

La noche terminó junto con los tres. Regresé a mi departamento un tanto aturdida, pero al mismo tiempo confundida por el mar de emociones y sensaciones que durante casi dos horas había experimentado. De alguna manera, pensé, aquella fantasía llevada a la realidad había sido el punto final en la historia de mis dos mejores amigos, pero estaba equivocada… Si bien nunca más volvimos a compartir el lecho los tres juntos, yo lo sigo compartiendo con los dos. Me he convertido en la amante de mis mejores amigos, soy esa válvula de escape entre los dos, que necesitan para seguir juntos, para seguirse amando, y seguir siendo felices, aunque muchas veces encuentran la felicidad, a destiempo, en la puerta del al lado.