Mi Amante Eterno

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Él se enamoró de mi la primera noche que pasé en el nuevo departamento. Se sintió identificado con mi pena y mi dolor. 

Ese día, cuando hice la mudanza, mi primer amor y mi primera ilusión me dejó por otra mujer. Andrew era el hombre que más había amado hasta mis 27 años. La misma fecha en la que Andrew cumplía años yo decidí dejar a mis padres, mudarme a un departamento y ser independiente para poder compartir con él mi vida, pero Andrew decidió irse con alguien más. 

Estaba esperándolo para celebrar juntos, y en su lugar recibí un mail diciéndome la verdad, su verdad. La mesa estaba puesta, rodeada de cajas por la mudanza, pero lista para una cena romántica. Tras leer el mail, me pasé la noche llorando en el viejo sillón que tenía en lugar del mueble de sala. Fue entonces cuando él, el señor F, me vio por primera vez y se enganchó conmigo. A él, como a mí, lo habían abandonado y después de más de tres años no se había podido recuperar del dolor. Ese era el mismo sentimiento que me embargaba: como si no fuera capaz de amar o de seguir viviendo. Andrew se robó mi corazón y mi alma cuando se fue, y el señor F estaba a punto de recobrar ambos para mí. 

Permanecí triste y deprimida las siguientes semanas, sin querer ver a nadie, o estar con nadie. No podía dejar de llorar, le lloré a Andrew como si se hubiera muerto. Sí, decidí matarlo dentro de mi y enterrarlo, otra casualidad en común que el señor F y yo teníamos: poco después de que su novia lo había abandonado ésta se mató en un accidente automovilístico. Ambos habíamos enterrado a nuestros amores eternos. 

Desde el día en que decidí matar a Andrew lo llamé “El Muerto”, sin saber que estaba a punto de conocer a otro “muerto”. 

El señor F se quedó conmigo en todo momento. No quería dejarme sola, tenía miedo que yo tomara una decisión equivocada, como la que él había tomado tiempo atrás. Estaba tan encerrada en mi pena que nunca me di cuenta de cómo me cuidaba, de cómo secaba mis lágrimas cada noche, cómo velaba mis sueños. Cada vez que despertaba a media madrugada sollozando, él estaba ahí para abrazarme, tomándome en sus brazos y arrullándome hasta que yo volvía a quedarme dormida. 

Fue una de esas noches cuando se atrevió a besarme por primera vez. Estaba profundamente dormida, soñando con él: un hombre alto, musculoso, con cabello negro quebrado, una sensual y tupida barba que cubría la mitad de su rostro. Sus ojos... realmente no los recuerdo, pero su voz, esa me hizo estremecerme en más de una ocasión. Estábamos en la sala, yo miraba por la ventana y él se me acercó por la espalda. Una de sus enormes y pesadas manos toco mi hombro, y con aquella ronca voz me dijo: “Deja de hacer esto. Él no va a regresar, ya te lo dijo”. Me volteé para mirarlo y sus brazos ya estaban dispuestos para abrazarme. Yo lo acepté y en segundos el abrazo se convirtió en un largo, profundo y seductor beso. Sus labios, cubiertos de vello, succionaban los míos, como si un suave terciopelo acariciara mi boca; su lengua, firme y suave a la vez se deslizó dentro de mi boca tocando la mía y dándome mucho más que su saliva... Con ese beso, él me entregó su alma. 

Me desperté sin aliento después del beso. Toqué mis labios y todavía podía sentir el terciopelo alrededor de ellos. Mis labios estaban tibios, húmedos, hinchados, y mi boca guardaba ese sabor tan especial que adquiere cuando me excito, esa sensación de estar seca acompañada de un sabor semi amargo. 

Desde ese día se convirtió en mi compañero, ayudándome en todo, incluso cuando cocinaba. Si se me olvidaba apagar alguna hornilla de la estufa mientras estaba haciendo otra cosa, él lo hacía por mí para que el guiso no se quemara. Cuando ponía la mesa, si algo se me llegaba a olvidar aparecía en segundos gracias a él, como por arte de magia. Incluso en mi recámara, él se encargó de esconder la fotografía de Andrew que tenía en mi cabecera, la dejó en un rincón de mi closet para evitar que yo llorara en caso de volver a ver su imagen. 

Mi depresión y desesperanza no me permitía ver lo que sucedía a mi alrededor, las cosas aparecían y desaparecían en distintos sitios del apartamento, pero mi dolor no me permitía razonar los extraños eventos, mi mente me llevaba a pensar que mi distracción me hacía olvidar lo que recientemente había hecho o movido, sin percatarme que era él quien lo hacía por mi. Las cosas entre nosotros empezaron a avanzar, o al menos él lo creyó así. Pensaba que yo estaba lista para comenzar de nuevo. 

Otra noche, mientras dormía, me tomó en sus brazos. Yo estaba acostada boca abajo, como de costumbre. Una pierna estirada y la otra, flexionada formando un cuatro perfecto con mi rodilla. Un brazo debajo de la almohada y el otro sobre de ella, abrazándola, como si fuese el pecho de Andrew. Así solíamos quedarnos dormidos todas las noches. 

El señor F empezó a tocar mi cabello, enredó sus dedos entre mis mechones como si quisiera tejer con ellos. Su rostro se acercó a mi cabeza, oliendo mi esencia, enterrando su nariz en mi nuca donde empezó a besarme, su lengua empezó a recorrer mi cuello, de lado a lado, haciendo pequeñas pausas para lamer mis orejas. Un cosquilleo empezó a recorrer mi piel haciendo que se erizara, mis piernas se unieron estiradas, cerrando la entrada que supongo estaba buscando. 

Quise abrir mis ojos, pero un gran sopor me invadió, así que me dejé llevar intentando adivinar qué seguiría después. Sus manos ya estaban sobre mi espalda, a penas tocando mi camiseta de algodón y bajando los tirantes de la misma. Sentí su respiración sobre mi dermis pecosa, oliendo cada pulgada, deteniéndose en cada poro, queriendo robar la esencia que mi cuerpo inmóvil estaba exudando. 

Sus dedos iniciaron el camino espalda abajo alcanzando mi trasero desnudo, con las yema de sus dedos él dibujaba la forma de mis nalgas, y su instinto lo llevó a besarlas, a poner su suaves besadores y húmedos labios sobre mi redondo, pálido y tibio derriere. Sentí la humedad de su boca, la calidez de sus manos, y la rugosidad de su lengua cuando empezó a lamer la separación de mis formas. 

El teléfono sonó. Yo salté antes de tomar el auricular. Sus caricias desaparecieron así como su presencia. Número equivocado. Me quedé sentada en la cama, tratando de encontrarlo en la oscuridad, tratando de ver por lo menos su sombra moviéndose reflejada por la luz de la calle, pero no estaba ahí. De alguna manera se las arregló para esconderse y huir de mi recámara estando cerrada. 

Me volví a acostar, esta vez mirando al techo y sosteniendo las cobijas fuertemente con mis dedos, presa del miedo, de la incertidumbre, de no sabe qué estaba sucediendo en ese momento. Tomé las cobijas como si éstas fuesen mi escudo protector, como si el agarrarlas de aquella manera con mis dedos me pudiera proteger de cualquier cosa, como si con la fuerza que las sostenía nadie pudiera arrebatarlas de mis manos, ni descubrir mi cuerpo que se ocultaba completamente vulnerable debajo de ellas. 

El sopor volvió a llegar. Mis dedos perdieron su fuerza así como el resto de mi cuerpo. En esta ocasión él empezó a acariciarme por los dedos de los pies, respetando mis manos que seguían de alguna manera, afianzadas a la orilla de la cobija. Besaba y lamía cada dedo, brincando de un pie a otro, y sus manos acariciaban mis tobillos. Yo los moví, flexioné ambas piernas y me quedé quieta en posición fetal escondiendo mi cabeza debajo de las cobijas hasta que no pude más. 

Mi cuerpo se volvió a dejar llevar... Él estaba detrás de mí, su brazo, fuerte pesado y largo, trepó por mi cintura y me jaló hacia su frente. Su boca estaba de nuevo en mi cuello y su mano encontró el camino para deslizarse debajo de mi camiseta, esta vez por el frente. Mis senos estaban inclinados hacia un costado, así que le fue fácil el poder tocar ambos centros rígidos con una sola mano: el derecho con su dedo meñique y el izquierdo con el pulgar. 

Tras vivir más de un mes juntos, él sabía exactamente cómo y dónde tocarme, me había observado hacerlo en más de una ocasión fuera y debajo de las sábanas, seguía mis movimientos con su mirada y con sus propios dedos para aprender uno a uno los pasos que me llevaban al éxtasis, que me hacían fantasear tal vez con Andrew o tal vez con aquel hombre alto y barbudo que me asaltaba en sueños. Él sabía qué necesitaba yo para excitarme, sabía qué tocar para que yo le permitiera seguir y seguir sin detenerlo o intentar mirarlo, sabía cómo besar mi piel para que yo le permitiera, sin estar segura de su presencia física, tomarme por completo. Pero las sensaciones, la incitación y la pasión que yo sentía y qué el provocaba era real. 

Empezó a frotar mis pezones en círculos, suaves y casi imperceptibles, círculos dibujados con sus yemas haciendo que brotaran al tiempo que el centro de mis piernas empezaba a humedecerse. El mismo movimiento que estaba haciendo sobre el rosado centro de mis senos, lo hacía sobre mi cuello con su lengua y en medio de mis nalgas con su cadera. Su masculinidad imitó la velocidad de crecimiento de mis pezones, y entonces su movimiento pélvico se volvió vertical mientras sus dedos seguían jugando con mis puntas erógenas. Empecé a gemir, mi lengua salió a acariciar mis labios, buscando su boca, quería sentir su lengua dentro de la mis labios, moviéndose también en círculos, tal y como lo hacía dentro de mi oreja. 

Me quise mover para verlo de frente, pero su cuerpo era más pesado que el mío, y él se movió también, poniéndome de nuevo boca abajo, sólo que esta vez sus manos estaban cubriendo mis senos: una sobre uno. Su virilidad encontró el camino para llegar a la entrada de mi humedad a pesar que mis piernas permanecían cerradas, casi selladas. Mi deseo, lo dejó entrar... Con un solo empujón pudo sentir mi feminidad llorando completamente hinchada y ávida de sentir su firmeza. Entonces él empezó a moverse y yo a gemir... 

Intenté levantar mi rostro, necesitaba verlo a través del espejo de mi cabecera, pero su cabeza estaba sobre la mía y la hizo volver a la almohada. Sentía cómo su respiración se aceleraba, no había gemidos, no había palabras, sólo aquel aire caliente y pesado sobre mi nuca; después un espasmo, un espasmo largo y fuerte que lo hizo arquear su torso completo. Yo también estaba a punto de sucumbir y como si se tratara de un reflejo condicionado levanté mi torso gimiendo para descubrir a través del espejo que no había nadie sobre mí... Me quedé sin respiración al mismo tiempo que mi vientre estallaba. La oscuridad y la excitación del orgasmo me hicieron caer nuevamente sobre la almohada completamente inconsciente. 

La luz del sol me hizo despertar, las cobijas estaban en el suelo, mi playera enrollada hasta el nacimiento de mis senos y había un manchón húmedo entre mis piernas. Intenté recordar lo que había sucedido la noche anterior, y finalmente el último momento reapareció en mi memoria: algo o alguien me estuvo seduciendo durante la noche, sin forma, sin figura, sin rostro, sin cuerpo pero con grandes e incomparables sensaciones. Recorrí la habitación de lado a lado sin moverme de la cama, todo estaba en su lugar, la puerta permanecía cerrada con llave, todo estaba tal y como yo lo había dejado antes de meterme a la cama, pero las cobijas, mi playera y aquella humedad en la cama eran las únicas huellas de su presencia, así como mi saciedad. 

Durante todo el día intenté razonar lo que había sucedido, intenté explicarme y convencerme de que lo había soñado, tal y como soñé con él cuando me besó por primera vez en la sala y sus innumerables intentos por seducirme. Pero no podía olvidar sus labios, sus manos, la excitación de su cuerpo velludo sobre mi piel lampiña, todavía podía sentirlo dentro de mí, como si todo su juego de seducción y hasta nuestro mutuo estallido hubiese sido real. 

El atardecer se veía por la ventana de la sala cuando me quedé dormida en el sillón. Toda la habitación estaba iluminada por los rayos del sol y él me despertó: “No tengas miedo, Denisse, por favor. No te voy a dejar, tienes qué creerme”. 

Me quedé estática, sin saber qué decir y su mano, aquella mano grande y pesada que se había agarrado de mis senos ahora me acariciaba la cara: “Te amo, y siempre serás mía”. Entonces me llegó aquel olor, ese olor que no había reconocido antes pero que si había percibido, que era como... naftalina. 

Estaba a punto de hablar cuando me besó para sellar mis labios. Conforme el sol iba cayendo nosotros nos dejamos caer en el sofá y yo me rendí por completo.