La Gira

Placeholder

No era mi primera gira. He estado trabajando en teatro desde hace año y medio, así que conozco el “medio artístico”. Tampoco era la primera vez que yo iba al frente de la compañía y ellos estaban acostumbrados a mis órdenes y exigencias. Todos excepto la suplente de la protagonista. La noche en que salíamos hacia Oaxaca no sabía quien iba a reemplazar a Angélica, ni siquiera el Director lo supo sino media hora antes de irnos. 

Yo ya estaba distribuyendo las camas, doce literas para 14 personas, así que dos elementos de la compañía iban a tener que compartir su cama, y por supuesto no iba a ser yo. Como siempre escogí la última cama, inferior del lado izquierdo, era la más cómoda y alejada de las demás. Como era mi costumbre no pensaba convivir con los actores durante su ya tradicional fiesta nocturna, tenía que encargarme de todo a la mañana siguiente, el montaje, la venta de boletos, coordinar las entradas gratis y demás, obviamente necesitaba descansar y dormir profundamente, así que tras la repartición dejé mi almohada y cobija sobre la cama. 

Gritos y rechiflas masculinas me hicieron voltear hacia el frente. El Director había subido al autobús con ella, una mujer alta de cabello negro con un cuerpo perfecto. Mis ojos se clavaron en su blusa de licra color rosa pastel, con tirantes sumamente delgados que subían por el cuello y otro par que abrazaba su espalda. Sus pezones, erectos y perfectamente delineados se podían ver a través de la tela llamando la atención y pidiendo ser tocados. No podía separar mi vista de su piel bronceada, suave desde el cuello hasta la cintura donde sus jeans ajustados iniciaban. Unos jeans deslavados, abotonados debajo del ombligo marcaban a la perfección sus caderas, envolvían un par de nalgas redondas, abultadas que terminaban formando unos muslos firmes para desvanecerse en las pantorrillas igualmente torneadas. Mis ojos entonces se detuvieron sobre otro objeto: un pequeños dado de metal que tenía dentro del ombligo. 

Por fin el Director hizo que guardaran silencio y presentó a la nueva chica: Erika. Desde ese momento ella formaba parte de la compañía y lo sería durante todo el fin de semana. Cruzaron el angosto pasillo que quedaba entre las camas buscándome. Yo estaba de pie mirándolos, con uno de mis brazos recargado sobre la cama superior. Querían saber dónde iba a dormir ella... por un momento pensé en compartir mi cama... ¿en qué estaba pensando? La última vez que dormí con una actriz terminamos haciendo el amor y después ella me acusó de acoso sexual. Desde entonces seguía el consejo del productor: “No metas el pito en la nómina” y puse una línea divisoria entre la compañía y mi persona. No podía hacer menos con la nueva integrante. Sólo quedaba una cama y era para el Director, pero él decidió cedérsela, después de todo él ya tenía compañía para esa noche. 

Entramos a la carretera y como siempre me despedí de todos y me fui a mi cama, no sin antes recordarle a Erika que yo estaba ahí para lo que se le ofreciera, la niña me respondió: “Lo tomaré en cuenta” con un guiño seguido por una sensual sonrisita. Seguí mi camino hasta el fondo del autobús, me senté en la orilla de la cama para desatar mis zapatos y por fin me acosté, como siempre en posición fetal, mirando hacia la ventana. Mi cobija estaba a los pies de la cama, lista para ser jalada en un par de horas más. 

No sé cuánto tiempo pasó desde que me acosté hasta que empecé a soñar, pero gracias al cielo los actores no hicieron tanto escándalo como en otras ocasiones. Uno de mis brazos estaba debajo de la almohada y el otro yacía sobre mi costado. Jalé mi cobija inconscientemente, mis pants no eran lo suficientemente gruesos como para mantenerme caliente durante el viaje. Entonces sentí como alguien se sentaba en la orilla de mi cama, la hartante escena estaba por repetirse: seguramente era un de los actores que, al no estar acostumbrado a viajar de noche, se sentía mareado gracias a las curvas de la carretera. Sin saber de quién se trataba dije: “El botiquín está en el compartimiento de acá arriba, y las botellas de agua en una hielera junto al chofer”. Escuché sólo una risita y el susurro de Erika: “No, no me siento mal. Tengo frío y como me dijiste que podía buscarte para cualquier cosa...” Abrí mis ojos instantáneamente, ¿qué se suponía que debía responderle? No era mi culpa que no trajera ropa suficiente para cubrirse. Pero ella siguió murmurando: “Ya vi en las otras camas y tú eres la única persona que trae una cobija más o menos grande... ¿no te importa si me quedo contigo?” Mi respuesta fue silenciosa. Me arrastré sobre la cama hacia la ventana dejándole espacio suficiente para que se acostara. Sentí su cuerpo metiéndose debajo de la cobija y acomodándose a escasos centímetros de mi espalda, también pude sentir su aliento sobre mi nuca, tibio, suave... tal y como imaginaba que podía ser su piel. “¿Te molesta si pongo mi brazo sobre tu cuerpo?” Preguntó con esa voz inocente y aniñada que tenía “No puedo dormir sino abrazo algo. Normalmente lo hago con mi almohada, pero no me la traje”. Por lo visto estaba muy platicadora, y yo sólo quería sacarla de mi mente así como las imágenes de lo que podría hacer con ese cuerpo tan tentador y cachondo detrás de mí. “Sí” fue mi única respuesta, y ella se acercó a mi cuerpo, rozando su cadera y sus muslos sobre mis nalgas y mis piernas. Cuando dejó caer su brazo sobre mi torso tuve que mover el mío y por accidente sentí su trasero desnudo. ¡Sólo traía puesta la blusa y una tanga! Ninguna otra prenda –a excepción de mi cobija- cubría sus piernas. Ahora entendía por qué tenía frío. 

Intenté olvidarme de todo y volver a dormir, la cortina que cubría la ventana no estaba del todo cerrada. Podía ver las luces de los coches que cruzaban la carretera en contra sentido y eso me ayudó a distraer mi atención al sentir el par de senos redondos presionados sobre mi espalda. También empecé a pensar en la venta de boletos de la mañana siguiente y todas las cosas pendientes que debía checar al llegar a Oaxaca, todos esos pensamientos me podían tranquilizar pero su mano no lo hizo. Una vez que su brazo estuvo alrededor de mi cuerpo, sus dedos empezaron a tamborilear sobre mi estómago al ritmo que su boca tarareaba. Me moví y carraspeé intentando que captara la señal. Y de nuevo escuché su voz traviesa: “Discúlpame... no fue mi intención molestarte... Es que... no tengo mucho sueño qué digamos”. Pero esta vez el susurro vino acompañado por una suave y casi imperceptible lamida sobre la orilla de mi oreja. Mi piel empezó a responder erizándose... ¡Es una reacción natural! ¡Eso no lo puedo controlar, ¿ok?! 

Respiré profundamente y permanecí inmóvil pensando en cómo deshacerme de ella sin provocar un escándalo. No quería que los demás se dieran cuenta que estaba conmigo en la cama, y que después de aceptar su compañía la estaba echando. No, no podía manchar mi imagen de esa manera, necesitaba pensar en una solución más inteligente. Tenía que pensar en algo más, pero antes de conseguirlo sus manos ya estaban sobre mis muslos encontrando el camino para deslizarse en medio de ellos. Sólo pude estirar mi cuello y suspirar. Ella se rió de nuevo. Claro, para ella era muy divertido pero mi carrera y mi trabajo estaban en peligro si alguien descubría lo que estaba a punto de suceder. “Con razón tú no tienes frío. ¿por qué no te quitas esos pants tan estorbosos?” y sin dejarme contestar jaló los pants hasta mis rodillas. “¡Wow!” Sí, se sorprendió. Yo no traía ropa interior, y ella no tenía porque haberlo sabido. Yo sí sé cómo vestirme para una gira, sé que uno debe traer ropa abrigadora y cómoda, sobre todo si piensas pasar la noche en la litera de un autobús. Uno tiene qué sentirse cómodo, ¿acaso eso es un pecado? 

Sus manos empezaron a jugar con los rizos de mi vello consiguiendo que me estremeciera y que presionara mi espalda contra sus senos. Los labios de Erika empezaron a recorrer mi cuello, besando y lamiendo todo el derredor mientras yo seguía en completa rigidez como un palo. No me quería mover o hacer algo más estúpido aún, pero ella hizo que me moviera. Me jaló por el costado haciéndome quedar de boca arriba para ver su rostro. Ella estaba recargada sobre su codo, sonriéndome, y desatando su blusa me dijo: “¿Crees que no me di cuenta de cómo me miraste cuando subí al autobús? Soy una chica muy receptiva, y sé cuando alguien me quiere ver desnuda”. Sí, era muy receptiva, y estaba a punto de dejar libres sus senos sobre mi rostro. Los tirantes del cuello se soltaron dejándome ver unas cuantas pecas que salpicaban su piel bronceada, entonces los tirantes de la espalda también se soltaron y la blusa cayó sobre la cama. Mis ojos y mi boca formaron tres os cuando vi sus senos... Igualmente bronceados, puntiagudos, firmes, como si la blusa siguiera en su sitio, pero los pezones... eran dos círculos cafés que realzaban la punta rígida del centro. Por un momento me pregunté si mis labios podrían cubrir la areola por completo, eran los más deliciosos y tentadores senos que jamás haya visto, los pezones estaban listos para ser chupados y succionados, quería pasar mi lengua por en medio de ellos, agarrarlos con mis manos y comérmelos de una vez por todas. 

Se reclinó sobre mi rostro y mi lengua finalmente pudo alcanzar uno de ellos. Era tan suave como lo había imaginado, tan dulce como había pensado, tan excitante como su sonrisa y sus caricias. Mientras yo me deleitaba con sus tetas ella encontró la forma para acomodarse sobre mi cuerpo y caber en el pequeño espacio que había entre mi cuerpo y la litera de arriba. Con un movimiento casi mágico de sus manos se deshizo de mi playera y empezó a jugar con mi cuerpo mientras mis manos jalaron los dos hilos de su tanga permitiendo que mis dedos tocaran su humedad. Estaba tan húmeda como yo, y dos de mis dedos se deslizaron dentro con gran facilidad. Empezó a gemir, y yo separé mi boca de su pezón hinchado para cubrir sus labios, no quería que me descubrieran con ella, ambas desnudas y tocándonos. 

En cuanto ella sintió mi lengua dentro de su boca, metió tres de sus dedos entre mis piernas, jugando primero con mi vello para finalmente encontrar mi clítoris y la entrada de mi vagina, ahora era yo quien gemía dentro de su boca y mis labios tomaron su lengua de la misma forma que alguna vez había acariciado el pene de un hombre. Sus dedos empezaron a penetrarme cada vez más fuerte, haciendo que mis caderas se movieran hacia arriba y hacia abajo con su cuerpo sobre el mío, mientras su boca se calló con uno de mis pezones igualmente hinchado, duro, erecto... Su lengua jugaba con la punta mientras sus labios succionaban la areola y mi cuerpo temblaba, se retorcía, goteaba de sudor y de jugos producidos por el cuerpo de Erika. Casi no podíamos movernos en esa posición debido al espacio tan reducido, pero el bamboleo del camión nos ayudó mucho. 

El camión se metió por una brecha y empezó a rebotar, uno de los movimientos del autobús hizo que Erika se resbalara y cayera sobre el colchón, pero nuestras caricias, nuestros besos, nuestras lenguas y manos no se detuvieron. La temblorina del movimiento mezclado con nuestros dedos frotando y penetrándonos una a la otra nos hizo olvidarnos del lugar y del silencio de la noche. Las dos gritamos, una después de la otra al mismo tiempo que el resto de la compañía también gritó de miedo. Erika y yo nos mantuvimos unidas sintiendo una sacudida y minutos después un jalón que casi nos hace caer de la cama. 

El movimiento se detuvo así como nuestras manos y nuestras bocas. Intenté asomar mi cabeza para ver qué estaba sucediendo. Todas las maletas estaban en el piso, algunos de los actores se estaban levantando pues había caído de sus camas, mientras otros estaban de pie, en el pasillo casi desnudos. El camión se había estrellado con un árbol en medio del camino. No le dije una sola palabra a Erika, me puse los pants, la playera y salí de la litera. ¡Yo estaba a cargo de la compañía! Mi deber era darle vueltas al chofer para cerciorarme de que todo estaba bien en lugar de estarle metiendo el dedo a una actriz. 

Gracias a Dios nadie salió herido, el chofer se había quedado dormido por un momento y nos habíamos salvado gracias a que los arbustos disminuyeron la velocidad del autobús antes de estrellarse con un árbol. Tuvimos que esperar más de una hora para que nos rescataran. Erika se quedó en mi cama, cubriéndose con la cobija hasta que fui a buscarla y le entregué su ropa. Ella intentó acercárseme durante el resto del fin de semana, pero yo había tenido suficiente. Sí, no lo voy a negar, me sentía muy atraída por ella y por supuesto que quería volver a acostarme con ella, pero durante el resto de la gira no podía quitarme las palabras del productor de la cabeza: “No metas el pito –o el dedo- en la nómina”.