La Mujer de la Ventana

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Como cada noche caminas por el centro de la calle, buscando siempre la luz de los arbotantes. Una y otra vez has contado los pasos para llegar a aquella casona en ruinas donde la luz exterior desaparece a lo largo de toda fachada, para dejar escapar una sola luz que ilumina la ventana principal. Apuras tu paso esta noche, tras varios meses has decidido acercarte más y ver aquella figura femenina, que parece desnudarse, más de cerca. 

Entras a la penumbra y diez pasos adelante está la reja que circunda el descuidado jardín, mismo que te separa de tu sueño. Traspasas el límite, la luz está encendida como cada noche, ahora sólo falta esperar a que ella aparezca en medio de las sombras. Has vivido en esa misma calle por años y desde niño el único movimiento que se distingue en la casa es el que estás a punto de presenciar. 

Frente a la ventana encuentras una banca de concreto, por la ubicación pareciera que fue construida para curiosos como tú que intentan descubrir el rostro y la edad de ese cuerpo perfecto que aparece detrás de la cortina y empieza su rutina. 

Te acomodas y dejas lo que traes en las manos también sobre la banca. Ella se para frente a la ventana primero de espaldas, dejando caer su cabello que estaba preso sobre su nuca; como una suave cascada, inunda su espalda, rozando los hombros y bordeando la mitad de su torso. Sus manos se pierden en el cabello, acariciándolo por dentro, sacudiéndolo, llamándote para que quieras tocarlo. 

Conoces cada uno de sus movimientos de memoria, sabes que tras la caída del cabello va la caída de una especie de bata o vestido, y así es. Ayudadas por sus delicadas manos hace las que las mangas de su atuendo se deslicen por ambos brazos para finalmente desaparecer debajo de sus rodillas. Ha quedado casi desnuda, sólo falta una pequeña y húmeda parte de su cuerpo por descubrir, mientras tú has empezado a desabotonar tu camisa. 

El cuerpo que observas gira noventa grados y puedes ver el perfil de la escultura. Con deliberada intención se balancea hacia el frente permitiendo que veas cómo sus senos quedan suspendidos en el aire mientras sus manos empiezan a deslizar la fina y pequeña pantaleta por entre sus piernas. Algo en medio de las tuyas también empieza a deslizarse en forma ascendente. Las manos de aquella desconocida quedan liberadas al igual que el resto de su piel. A través de la cortina puedes imaginar la suavidad de la misma, puedes ver cómo aquel par de manos femeninas se auto reconoce y recorre con movimientos cada vez más sensuales, quisieras poner tus manos sobre las de ella, tocar sus senos, hacerlos reaccionar, posar tu boca sobre los hombros de igual manera que otras manos se posan en este momento sobre los tuyos. 

Con el contacto, no puedes evitar el sobresalto. No te atreves a voltear, es demasiada tu vergüenza, no quieres saber quién te ha descubierto espiando a aquella mujer y jugando contigo mismo mientras ella lo hacía con su cuerpo. 

Como si ella supiera que alguien te ha encontrado, se detiene. Hace una pequeña pausa en sus movimientos, voltea hacia ti y con una señal te invita a entrar a la casona. El otro par de manos que continúan estáticas sobre tus hombros ahora se deslizan por tu brazo para guiarte al interior. Como hipnotizado, caminas detrás de otra mujer igualmente joven e igualmente hermosa y atractiva. Cruzan el portón de entrada, y por más que intentas ubicar la luz que ilumina la ventana, tus ojos no logran percibir nada. Sólo oscuridad hay a tu alrededor y dos pares de manos que te atan los ojos y te guían delicadamente para que avances. 

Los tres cuerpos se detienen, el tuyo está completamente rígido, a la expectativa, sin saber lo que viene a continuación. Una de ellas te quita la chamarra y la camisa, mientras la otra desabrocha tu cinturón intentando liberarte de los pantalones. Estás a su merced, nunca antes habías estado tan vulnerable; una de ellas te toma por la espalda y te obliga a sentarte en una mullida cama, mientras la otra continúa con su labor despojándote de zapatos, calcetines y calzoncillos. Entre ambas te hacen recostarte y al unísono empiezan a invadir tu cuerpo de besos y caricias. Te dejas llevar por la sensación, por el deseo, por el frenesí que su tacto provoca. Sientes cómo ambas se reparten tu cuerpo y no permiten que el aire toque un solo espacio de tu piel, antes que ellas. 

Las dos leguas inician un recorrido de pies a cabeza, y de cabeza a pies hasta encontrarse ambas sobre tu ombligo, por primera vez intentas intervenir para tocarlas y te das cuenta que tus manos y pies están atados, no sabes en qué momento lo hicieron y la tela que impide tu movimiento es tan tersa como las dos pieles que te inundan. 

Dos humedades se posan en distintas partes de tu cuerpo, una sobre tus labios y otra entre tus muslos. La primera para que tú la acaricies con tus labios y la segunda acariciándote a lengüetazos. La primera baña tu boca y tus labios; y tu lengua intenta encontrar un camino interno para navegar dentro de ella. La segunda cubre tu falo de principio a fin, impregnándote de dos movimientos: uno que acaricia y otro que lo succiona. 

Estás perdido en un mar de emociones que te inunda, no puedes moverte, no puedes tocar, no puedes ver, pero en toda tu piel los nervios están estimulados. Los dos cuerpos que te cubren, igualmente estimulados empiezan a reaccionar contigo, sus voces llenan los conductos de tus oídos convirtiendo el sonido en gemidos y su ritmo se empata con tu respiración. En un reflejo condicionado tu cadera se impulsa para sentir cómo una de las dos vulvas empieza a cubrir tu masculinidad, sus labios avanzan centímetro a centímetro llenándose de ti, ocultándote en su entraña, presionándote con sus movimientos y enjugándote con su miel. 

Quieres soltarte, quieres arrancar las amarras que te impiden explorar los cuerpos, verlos a través de tus manos y tocarlos a través de tus ojos. Tu libido está en el límite, sientes cómo aquella ráfaga empieza a recorrer tu pene erecto para al fin expulsarlo todo dentro de aquel cuerpo extraño que sigues viendo en tu imaginación. 

Las caricias cesan, los besos se apagan, el deseo desaparece y ellas se desvanecen con él. Una vez que tu respiración ha recobrado su ritmo normal abres los ojos, ya no estás cegado ni atado, ya no estás desnudo, y continúas sentado en la banca de piedra donde las únicas caricias que puedes sentir son los primeros rayos del sol que anuncian un nuevo amanecer.