El PrÍncipe de LÍbano

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Todas en la infancia soñamos y crecemos queriendo encontrar a un príncipe azul, igualito que los de los cuentos. Cuando llegas a cierta edad te das cuenta que esos no existen, y los azules ¡mucho menos!, pues como dice una frase anónima: los príncipes azules se destiñen a la primera lavada. Sin embargo, yo sí encontré uno que no es azul, ni tampoco se destiñe.
 
Nuestra comunicación empezó en un sitio para encontrar amigos, unos con derechos, otros sin ellos, pero a fin de cuentas más que amistad, compañía. El primer contacto fue por mail, donde los dos no sólo narrábamos parte de nuestra vida y compartíamos intereses, también nos explayábamos libre y naturalmente, creando un vínculo que se iba fortaleciendo a pesar de la falta de presencia física. Es realmente increíble que dos perfectos extraños puedan ensamblar de tal manera, tal vez por ello las cartas de amor a principios de siglo pasado creaban aquellos amores apasionados y desbordantes que dieron pauta a las novelas románticas, pues una hoja en blanco es capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Y en este caso, fue lo mejor.
 
Después de un mes y medio de correspondencia electrónica coincidimos en tiempo y espacio para mirarnos a los ojos y comprobar que la atracción cibernética había traspasado el plano virtual hacia el real. Cinco horas de plática continua, risas, piropos y flirteo nos hicieron comprobar que había química entre nosotros. ¡Gracias a Dios! Porque para mí, sin química no hay física.
 
Y la física se dio… Dos semanas después llegó hasta la puerta de mi casa aquel Príncipe Libanés que me hizo flotar con el primer beso. Sus manos eran delicadas, suaves, tiernas; sus besos apasionados, cálidos, húmedos, candentes; y sus ganas impulsivas, indescriptibles.
 
Como quien acaricia una flor delicada, empezó a recorrer mi cuerpo, sus labios a sembrar besos en cada espacio de piel que no era cubierto por mi ropa. Con una suavidad y paciencia inigualables, su deseo contagió al mío, envolviéndome y desvistiéndome poco a poco hasta dejarme tendida en uno de los sillones a merced de su boca, su lengua y sus caricias.
 
Su rostro, cubierto por un vello delicioso y tupido, se abrió paso entre mis piernas hasta encontrar la fuente que debía saciar su sed. Bebió hasta embriagarse de mi sabor, de mi esencia, de mi calor y de mis ganas sin dejar de decirme cuánto me deseaba y cuánto había anhelado aquel instante. Cada trago, cada sorbo, cada gota se convertía en un manantial que seguía brotando gracias a sus caricias, sus besos y su pasión. Mis gemidos inundaron el espacio así como mi elixir inundaba su rostro; el éxtasis llegó una y otra vez hasta suplicarle que me permitiera sentirlo dentro de mí.
 
Mis manos, hambrientas y prestas lo desnudaron en un santiamén, dispuestas a gozar cada milímetro de él, cada centímetro de piel, cada poro del que emanaba un exquisito sabor y olor. Mi boca lo recorrió, mi lengua lo acarició, y mis manos se volvían locas sobre su ser. Nuestros cuerpos se unieron y se fundieron consiguiendo una culminación casi simultánea.
 
Tras la exaltación vino la calma, y nuestras manos seguían descubriendo nuestros cuerpos mientras la conversación descubría secretos íntimos. Así pasó la noche, entre efervescencia y pausas que nos acercaban más y más. Y aquel príncipe que no estaba encantado, pero que me encantaba, empezó a ocupar un sitio especial, no sólo en mi cama, sino en mi vida. A partir de esa noche los mensajes de texto y las llamadas telefónicas se volvieron una costumbre diaria, junto con besos de sabores, colores y locaciones diversas. Parecía una competencia de creatividad e ingenio para ver quién de los dos enviaba los besos más originales, ricos y dulces para, durante el fin de semana, cumplir con lo pactado y entregarlos en propia boca. 

Sin necesidad de manzanas envenenadas, ruecas mágicas, hadas madrinas, o hechiceras malévolas, el Príncipe Libanés me fue embrujando. Sus palabras, actos, detalles y besos seductores traspasaron los límites de mis fantasías, llevándome a probar una vez más la miel intoxicante y letal del enamoramiento, rompiendo con ello nuestro trato original, nuestro acuerdo principal: sin ataduras o compromisos... Pero, ¿quién se puede resistir a los encantos de un Príncipe? Más si encuentras en mucho de lo que deseaste desde pequeña, cuando imaginabas a los Príncipes de los cuentos. Pero la realidad no es como aquellas historias, y tuve que alejarme de él antes que el veneno de su amor terminara por aniquilar mi corazón. 

Mi Príncipe no era ni azul, ni rosa, ni verde, ni morado, pero durante varios meses pintó mi mundo de colores, cual arco iris el cielo tras una lluvia soleada.