Los juguetes de Jerry

Placeholder

Conozco a Jerry desde que éramos niños, crecimos juntos en la misma cuadra, compartíamos nuestros juguetes, dulces y juegos, éramos parte de un grupo de niños que se juntaba todas las tardes en un local abandonado, a la vuelta de mi casa, para inventar que éramos los Súper Amigos, o el hombre nuclear y la mujer biónica, e incluso Los Ángeles de Charlie. 

Jerry siempre era el que decidía que íbamos a jugar, si bote pateado, a las escondidillas, las traes o encantados. Su recámara era una juguetería completa donde yo me perdía soñando cada vez que pasaba la tarde en su casa. Nuestros papás también eran muy amigos, por eso no les preocupaba dejarnos toda la tarde solos sin nadie más en la casa. 

Hace dos semanas, después de casi 15 años de no vernos, me lo encontré en un café muy cercano a donde crecimos. Creo que los dos seguimos añorando esos años de infancia en los que éramos tan felices. 

Jerry no me reconoció de inmediato, era obvio. La última vez que nos vimos yo tenía 14 años, mi cara estaba cubierta de barritos, tenía braquetes en los dientes y el cabello tan corto como un niño. El tenía 16 años cuando nos mudamos de casa, y para entonces Jerry había empezado a cambiar su colección de juguetes por una colección de novias.

Después de mirarme por unos segundos supo quién era yo, se levantó y me dio un gran abrazo, como jamás en su vida. Un abrazo que me contagió de deseo. Mi mente voló a aquella época, y a mis 30 años quise ser uno de los gemelos fantásticos para convertirme en águila y volar con Jerry, transformado en cubo de hielo, hasta su recámara nuevamente. 

Ese día intercambiamos teléfonos y prometimos llamarnos para platicar, vernos y recordar viejos tiempos. Él fue quien llamó primero. Nos citamos en un bar un día entre semana a las ocho de la noche, cuando ambos habíamos terminado nuestras labores. 

Las horas se nos fueron volando mientras recordábamos nuestra infancia y las locuras que cometíamos, producto de la inocencia y la inconsciencia. Jerry me dijo que a veces extrañaba esa forma tan arrebatada y despreocupada de vivir. Yo también. Esa noche yo quería dejarme llevar, perderme en mis propias fantasías donde, por supuesto, Jerry era el protagonista. 

Después de varios tequilas el coqueteo mutuo era más evidente, más abierto, más explícito y se volvió directo cuando Jerry dijo: 
—Aunque ¿sabes?, no todo ha cambiado. Sigo teniendo una colección de juguetes impresionante. 
Le sonreí, bebí mi tequila de un solo trago antes de responder: 
—Me encantaría conocerla. 
Jerry sonrío, y a pesar de la poca luz que había en el bar pude ver que se sonrojó cuando acepté su oferta. Pagó la cuenta, y en menos de diez minutos ya íbamos rumbo a su nueva casa. 

Como siempre fue quien dirigió todo. En tres minutos decidió que nos fuéramos en su coche, tal vez temía que en el camino pudiera arrepentirme, y de esta manera aprovechó el trayecto para decirme que siempre le había gustado, pero a esa edad los hombres no aprecian a las mujeres como se debe. También por supuesto utilizó el tiempo para seguir estimulando mi imaginación…

—Eres la única mujer con la que he compartido esto. Creo que eres la única a la que le tengo la confianza para hacerlo. Después de todo tú también fuiste la única a quien le enseñé mi primera revista, ¿te acuerdas? 
—Claro que me acuerdo, ¿qué teníamos, 10, 12 años? Yo no podía creer que me iba a ver como esas mujeres. 
—Pues a ojo de buen cubero creo que te ves mucho mejor que cualquiera de ellas. 
Y su mano se deslizó de la palanca de velocidades a mi pierna. 
—Te voy a confesar algo. El día que tuve relaciones por primera vez, me acordé todo el tiempo de aquella Navidad, cuando nos quedamos dormidos juntos, ¿te acuerdas? Cuando desperté excitado porque mi mano estaba en uno de tus senos… y sentí tu mano en medio de tus piernas. 
—También lo recuerdo… Cada vez que lo hago, pienso en esa noche. En tu pecho recargado en mi espalda y tus manos alrededor de mi cintura temblando… porque estabas temblando, Jerry. 
—¿Cómo que cada vez que lo haces? 
—Sí… Cada vez que… que me toco, ¿si me entiendes, no? 
Jerry no pudo evitarlo, su mano izquierda soltó el volante un segundo para tocarse, el movimiento fue tan rápido que no supe si lo hizo para acomodárselo, o para sentir lo duro que se estaba poniendo. Yo también quise estimular su imaginación…
—Ese día… Nunca te lo he dicho… Pero ese día amaneciste así porque mis manos te tocaron. Estabas profundamente dormido, ahí, junto a mí, de espaldas a mi cuerpo, no me pude resistir. Te abracé por la cintura y mi mano empezó a bajar por tu estómago hasta que me encontré con… 
Y mi mano lo acarició. Coloqué mis dedos sobre su bragueta en la misma forma en que lo había hecho cuando tenía 14 años. Sólo que en esta ocasión estaba perfecta y completamente erecto. Acariciándolo suavemente, me seguí confesando… 
—Nunca había tocado uno, Jerry. Es más, ni siquiera lo había visto, y mi curiosidad fue más grande. Lo empecé a tocar, a acariciar y mis dedos sintieron cómo crecía, cómo se ponía duro… fue cuando empecé a sentir cosquillas entre mis piernas. 

Jerry detuvo mi mano, no me dejó seguir, y mi relato también se detuvo. 

—¿Te molesta lo que hago? 
—No, al contrario, me encanta cómo lo haces, pero no quiero que tengamos un accidente. 
Le sonreí, me sonrío, seguimos en silencio un par de cuadras hasta que por fin la puerta eléctrica del edificio donde estaba su pent house se abrió.

Jerry vivía en el décimo piso, la vista de la ciudad era hermosa, pero no tanto como la que encontré en su cuarto de juegos. Una de las tres recámaras estaba perfectamente acondicionada, con una cama redonda al centro de la habitación. En un rincón sobre salía un jacuzzi que encendió de inmediato. Sólo tuvo que apretar un botón para que la música se encendiera y las luces obtuvieran la tenuidad adecuada. Dos de las paredes que rodeaban el jacuzzi eran espejos y a un costado de la tina, en el otro lado extremo de la habitación, alcancé a ver algo parecido a una cama de torturas. Era una plancha en forma de “Y”, inclinada, de la cual colgaban correas en los extremos. Pasé más de un minuto en silencio observando la habitación mientras Jerry preparaba dos Martinis. Frente al jacuzzi y la televisión, al otro extremo del cuarto, había una un mueble de madera parecido a un ropero de dimensiones espectaculares, dividido en tres partes, con puertas y cajones. 

Jerry llegó con los Martinis y brindamos por los viejos tiempos. Tras el primer sorbo, dejó las copas sobre un mueble pequeño. El momento había llegado, no sólo íbamos a recordar nuestra infancia, sino también a descubrir lo que no nos atrevimos en el inicio de nuestra adolescencia. 
—¿Por dónde quieres empezar? 
—Por donde tú quieras. 
—Tal vez por ponernos algo más cómodo… 
—Bueno. Me agrada la idea. 
Jerry abrió dos de las seis puertas del ropero. 
—Escoge lo que tú quieras, creo que tengo para todos los gustos. 

No lo podía creer, era toda una colección de batas, lencería, camisones y negligés en todos los colores y tallas posibles. Empecé a revisar cada prenda, una por una, hasta que me decidí por un negligé color esmeralda con su respectiva tanga. Jerry desapareció de la habitación cuando me disponía a cambiarme. 
—Prefiero desenvolver el regalo poco a poco y con mis manos. –me dijo antes de salir. 

En menos de cinco minutos estuve lista. Seguí mirando la habitación y me senté en la orilla de la cama sin saber, hasta ese momento, que se trataba de una cama de agua. No pude evitar reírme. Jerry regresó con una bata negra de satín. 
—No cabe duda que el verde es tu color. –me dijo devorándome con la mirada- Sígueme contando lo que me hiciste esa noche en Navidad, por favor. 

Recogí mis piernas y me senté sobre la cama en la misma posición que lo hacía cuando éramos niños y nos sentábamos a ver Señorita Cometa y la barra completa de caricaturas. Jerry mientras tanto abrió un cajón del ropero y sacó algo que metió en la bolsa de su bata. 
—Pues te empecé a tocar por encima de la pijama, y cuando sentí que estaba muy duro, la verdad me asusté. Pero no quería dejar de tocarlo, así que metí la mano dentro de tu pantalón. 
—¿Y te gustó tocarlo? 
—Sí, mucho. También sentí cosquillas entre mis piernas y fue también la primera vez que sentí mis pezones endurecerse. 
Se acercó a la cama con las copas de Martín. Se sentó frente a mí imitando mi posición en flor de loto. 
—Mi mano resbalaba por encima de tu pene hasta que toqué la punta y lo sentí mojado… 

Me callé. Jerry me miró esperando que continuara. No sé por qué de repente la vergüenza me invadió. Ahí estaba yo, en negligé, frente al hombre que había sido mi compañero de juegos, confesándole cómo lo había masturbado, y cómo me había masturbado yo con él por primera vez, durante la última Navidad que pasamos juntos. 
—¿Qué te pasa? ¿Por qué no sigues? 
—No sé… Me está dando mucha pena… No sé por qué. 
—Yo sí lo sé… Porque no hay nadie más en este planeta que te conzca tan bien como yo, ¿no es eso? 
—Igual… 

Jerry se movió de lugar. Se sentó detrás de mí y pasó sus brazos alrededor de mi cuerpo. Empezó a susurrarme al oído: 
—Si lo prefieres, mejor lo revivimos, en lugar de sólo recordarlo. 

Sus manos se afianzaron a mi cintura igual que lo habían hecho 15 años atrás. Las sentí desplegarse, extenderse intentando trepar por mi torso, temblando al sentir la curvatura de mis senos. Mis piernas volvieron a sentir aquel cosquilleo, aquel deseo que una vez se quedó prendido y prendado sin llegar a consumarse. Un deseo que por años me había servido de inspiración y que siempre quise volver a sentir con él. 

Igual que en aquella noche de Navidad, sólo una de sus manos se atrevió a llegar a mis pezones, sintiendo con sus yemas la rigidez de mis centros, acariciando su perímetro y tratando de imaginar el color de los mismos. Yo no sentía su otra mano, cerré los ojos para gozar el momento, tal como lo había hecho aquella mañana, fingiendo estar dormida, sin decir palabra para no estropear el momento. La respiración de Jerry empezó a aumentar y pude sentir su pene erecto intentando clavarse entre mis nalgas aún con la ropa puesta. Recargué mi espalda en su pecho, me dejé llevar por su mano y sus caricias, no quería abrir los ojos, sólo deseaba sentir sus dedos jugando con mis pezones, tocándolos, apretándolos, pellizcándolos y gozando de ellos. 

—Abre tus piernas –me dijo sin dejar de tocarme— Ábrelas y tócate como aquel día, como aquella mañana que desperdiciamos. 
Lo obedecí. Extendí mis piernas y separé mis muslos para dejar resbalar una de mis manos entre ellos, para sentir la humedad cálida que emanaba de ellos, para percibir el incesante goteo que podía inundar mis dedos de llegar más adentro. 
—Ábrelas más, quiero ver cómo lo haces, quiero ver tus deditos entrando y saliendo, déjame verte. 

Nuevamente obedecí, me dejé llevar por sus palabras sin razonarlas. ¿Cómo me iba a ver si él estaba detrás de mí? Yo estaba recargada en su pecho y su voz seguía llenando mis oídos. 
—Estás deliciosa, empapada, lista para comerte. 
Yo no podía responder, no quería responder, sólo gozar. 
—Mírate, abre los ojos y mírate. 
Abrí los ojos y descubrí el interior de aquel enorme ropero… Era una pantalla enorme donde se estaba proyectando nuestra imagen. Pude verme en aquella posición con mi mano derecha acariciando mi vagina y la mano de Jerry frotando el encaje del negligé sobre mis senos. También pude ver la expresión de mi rostro aturdido, desconcertado al descubrir la imagen. Me quise mover, pero la otra mano de Jerry me detuvo, firme. 
—No. No te muevas, no tengas miedo… Es como en los viejos tiempos que nos sentábamos a ver la tele, ¿te acuerdas? 
—Pero… 
—¡Sh! No pasa nada, ¿no te gusta lo que estás viendo? Porque a mí me encanta, te ves preciosa. Mírate, aprende a admirarte, a quererte, no sólo a gozarte sino también a admirarte. 

Volví a verme en la pantalla, esta vez de alguna manera la cámara se cerró sobre la mano de Jerry que empezaba a bajar los tirantes del negligé para dejar escapar mis senos. Lo hizo lentamente, primero el derecho… deslizó el tirante hasta mi ante brazo y su mano entró en la copa de encaje para liberar mi seno de su encierro. El dedo índice de Jerry dibujaba la periferia de mi pezón rosado, erecto, excitado. 
—Me encanta, es hermoso, es más grande y rico de lo que me imaginaba. 
Hizo lo mismo con el izquierdo y también lo dejó sólo en la pantalla. 
—¿Quieres jugar con la cámara? Yo te digo cómo lo hagas mientras te sigo tocando. 
—Está bien. 
Por fin supe qué había estado haciendo todo ese tiempo la mano libre de Jerry. Me dio un control remoto que sólo tenía que dirigir al cerebro de lo que parecía ser un aparato de sonido lleno de foquitos verdes y rojos. Jerry tomó cada uno de mis senos en cada una de sus manos y me fue dirigiendo para yo dirigir la cámara hacia donde él lo pedía. 
—¿Te gusta mi juguete? 
—Sí, mucho… Y supongo que éste no es el mejor de todos, ¿verdad? 
—No. Veo que me conoces muy bien… Este es sólo para entretenernos un rato. Tengo otros que además te pueden dar mucho placer, ¿los quieres probar? 
—Sí, pero antes, te quiero probar a ti. 

Y diciéndole esto solté el control. En la pantalla nos veíamos los dos, de cuerpo completo. Cubrí mis senos con las copas del negligé y empujé a Jerry para que se acostara sobre la cama. Me monté sobre sus muslos, de un tirón desabroché su bata. Mis manos se perdieron en su pecho, y siguieron el camino de vello que bajaba por su ombligo y se perdía dentro de un boxer de seda.
 
Pude ver las manchas que, la excitación de Jerry, habían dejado en la prenda. Sin tocarlo con las manos acerqué mi boca al boxer y empecé a lamerlo, a probarlo, a chupar los manchones de humedad que alcanzaba a reconocer en la tela. Jerry gemía, quería sentir esa misma calidez en su miembro, quería sentir mi lengua recorriéndolo todo. Yo también quería devorarlo, comérmelo, chuparlo, mamarlo, sentir esa rigidez húmeda dentro de mi boca. Hundí mi rostro sobre su cadera, mi nariz rozaba el nacimiento de su pene erecto y mi boca besaba y daba chupetones a sus testículos, levemente endurecidos. Pude sentir cómo una de sus manos palpaba la cama buscando el control de la cámara, ahora sí pude escuchar el leve zumbido del lente moviéndose, tal vez para enfocar mi rostro y poder ven en la pantalla mi lengua recorriendo sus ingles por debajo del boxer. Sentía cómo Jerry se estremecía, cómo temblaba cada vez que mi boca tocaba su piel. 

Mis dientes desprendieron el broche de presión de sus boxers y con la nariz pude separarlo para ver por primera vez aquel miembro que había acariciado, excitado y casi estallado cuando yo tenía 14 años. Lo miré con tanto deseo como cuando veía un helado de choco-chips en Danesa 33 los domingos al medio día. No atinaba qué hacer, si devorarlo de un solo impulso o seguirlo admirando frente a mi rostro. Entonces decidí voltear a la pantalla, y lo vi ahí, erecto, goteando, en todo su esplendor y enorme. Jerry lo había enfocado para verme comerlo y chuparlo. 
—¿No lo vas a probar? 
—No lo sé… —respondí tomándolo con una de mis manos y mirando la pantalla
—¿Te gusta cómo se ve? 
—Sí… Me siento rara, pero sí me gusta. 
—¿No te encantaría verlo dentro de tu boca? 
—Sí… —y le di un lengüetazo en la punta que lo hizo gemir— ¿no tienes algo que lo pueda acompañar? 
Jerry se sentó en la cama desconcertado, no tenía idea de lo qué estaba hablando. 
—Sí, algo de sabor… No sé, un lubricante, chocolate, algo… Porque seguramente todos esos cajones y puertas están llenos de cosas, ¿no? –le dije señalando el ropero. Jerry sólo sonrío, siguió en la cama semi recostado sobre sus codos. 
—¿Por qué no buscas tú misma? Así puedes escoger lo que más te guste. 

Me bajé de la cama. El primero cajón del lado derecho, aquel que Jerry abrió sin que yo viera que su contenido estaba lleno de condones. Tenía una colección completa de texturas, colores y sabores. En el segundo encontré lo que buscaba: lubricantes, aceites y esencias de todos olores, aquello más parecía el aparador de una sex shop que el cajón de un ropero. 

Tomé uno con sabor a manzana, regresé a la cama donde Jerry me esperaba estimulándose. No sé si los hombres reciben el mismo placer al ver a una mujer tocándose, como el que yo experimenté en ese momento mirando a Jerry, desnudo, sentado sobre la cama y acariciando su pene como si fuera una de mis mejillas. 

Me subí a la cama, volví a hincarme frente a él. Con los dientes tiré del sobre del lubricante y lo deje caer sobre la punta de su pene, como si se tratara de un jarabe que cubría un helado. Jerry seguía mirándome, sonriente. 

—Es tuyo, chiquita, haz con él lo que tú quieras. 
Miré el lubricante escurrir a lo largo de su miembro y entonces mi lengua empezó a recoger las gotas que resbalaban a los lados dándole lamidas largas y cálidas, presionando la piel con la punta de mi lengua. Mis manos se colocaron sobre su cadera y mi boca empezó a recorrerlo, a saborearlo, a chuparlo. Su pene entraba y salía de mi boca deliciosamente. Jerry tomó mis manos, las quitó de su cadera y las puso sobre su pecho una junto a la otra. Yo seguía con mi tarea disfrutando de su verga como quien disfruta un exquisito manjar, paladeando su sabor natural que seguía goteando de la punta ahora mezclado con la manzana del lubricante.
 
Un sonido parecido a un candado me desconcertó y me hizo levantar la mirada: Jerry había esposado mis manos. 
—¿Qué es eso? 
—Unas esposas… Me encanta que no uses las manos, no las necesitas así que… 
—Pero… 
—No te preocupes, aquí tengo la llave, te voy a soltar cuando llegue el momento. 
Lo miré con miedo, al menos eso sentí, y Jerry lo percibió. Me quedé sentada sobre mis piernas, de rodillas frente a él sin decir palabra. Jerry se sentó y me abrazó. 
—No te asustes… Es uno más de mis juguetes… Te juro que todos son inofensivos… ¿ya no quieres jugar? 

Me sentí igual de indefensa que aquella vez cuando me caí de los patines, estábamos afuera de mi casa y Jerry me estaba enseñando a patinar. Cuando caí de sentón, el corrió a abrazarme, intentó cargarme y me consoló cuando me solté llorando por el susto. 

Ahora también me abrazaba, pero sus manos eran más cálidas, eran como cera caliente que recorría mi espalda y nalgas mientras sus besos se esparcían no sólo por mi rostro sino también por mi cuello. Jerry bajó los tirantes de mi negligé, miraba mis pezones sosteniendo el lubricante en sus manos. 

—¿Quieres que sigamos jugando? 
Me mató con su sonrisa, aquella encantadora sonrisa que siempre me ponía de buenas y me animaba cuando algo malo sucedía. 
—Sí… Pero no quiero más sorpresas. 

Entonces exprimió las últimas gotas sobre las puntas de mi senos y su lengua alcanzó uno de ellos, lo lamió logrando que mi seno completo se levantara, luego el otro. Después sus labios se abalanzaron sobre uno de ellos y empezó a chuparlo, a morderlo delicadamente, a beber de él como si quisiera alimentarse con mi carne. Sus manos estaban sobre mis nalgas, jalando mi cuerpo hacia su rostro, Jerry disfrutaba de mis senos como yo había disfrutado de su pene, lo podía ver en su rostro, gozaba sintiendo la dureza de mis bolitas entre sus labios. Así, con sus labios pegados a mi cuerpo me dijo: 
—Quiero mostrarte otra cosa 
—¿Qué cosa? 
—¿Ves esa cama que está allá al fondo? 
Jerry señaló la cama de torturas sin dejar de mamarme 
—Ajá… 
—¿Quieres que la probemos? 
—¿Y cómo? 
—Yo sé cómo… pero no te vas a asustar, ¿verdad? 
Me volvió a mirar, y volví a confiar en él. ¿Por qué no? Después de todo siempre había confiado en él, sabía que no me iba a lastimar, que por más extravagantes y raros que fueran sus juguetes no me iba a lastimar.

Jerry me tomó de las esposas, nos bajamos de la cama, yo con mis senos aún fuera del negligé y los tirantes colgando a los lados de mis brazos. Caminamos hasta la cama y se puso detrás de mi. 
—Súbete boca arriba, con tus piernas abiertas, una en cada una de las divisiones, y tu cabeza en ese extremo. 
Me tomó de la cintura y me ayudó a subirme, obedecí en todo. Coloqué cada una de mis piernas en los brazos de la “Y”, el resto de mi cuerpo iba a quedar sobre la plancha. 
—Ahora acuéstate… Así… No te va a pasar nada… Hecha tus brazos para atrás… Sí hacia atrás, los dos… Con estas correas te voy a amarrar, pero es para que no te resbales, ¿ok? No las voy a apretar mucho para que no te sientas mal… También voy a amarrar tus piernas… tranquila… Te juro que te vas a divertir mucho… Es como cuando jugábamos a los piratas, ¿te acuerdas? Que amarrábamos a uno y lo metíamos en el baúl de la recámara de mis papás para que los otros lo encontraran. 

Con las correas quedé completamente inmóvil sobre la plancha. 
—Voy a colocar la cámara hacia acá para que puedas ver en la pantalla lo que voy a hacer, ¿quieres? –sólo asentí, y vi en la pantalla cómo el lente de la cámara recorría la habitación hasta dar con nosotros. Vi a Jerry pararse en medio de mis piernas, y acariciarlas. Mi cadera quedaba casi a la altura de su rostro, todavía no entendía de qué se trataba aquel juego, ni para qué era ese juguete, pero los nervios y la excitación me estaban matando, podía sentir mi vagina escurriendo. Los dedos de Jerry eran muy hábiles, de un tirón rompió uno de los extremos de la tanga y levantó la corta falda del negligé para ver mi vulva frente a su rostro. Acercó su rostro a mis muslos y empezó a olfatearme cerrando los ojos, su lengua quiso tocarme pero sólo rozaba mi vello recortado y casi rasurado, me estremecí. Poco a poco su lengua avanzaba en profundidad tocando los labios de mi vagina y recogiendo las gotas que salían de ella, mi cadera empezó a moverse. A pesar de las amarras me podía mover para arriba y para abajo como si estuviera siendo penetrada. La lengua de Jerry por fin alcanzó el interior de mis labios y sentí una larga y profunda lengüetada en la periferia de mi cuneta. 

Mis gemidos lo excitaban, no podía ver su rostro, pero sus lengüetazos eran cada vez más profundos y continuos, llevando el ritmo de mi cadera. En ese momento me di cuenta que de haber continuado aquella Navidad, cuando ambos despertamos excitados, Jerry se hubiera convertido en el amor de mi vida. Lo que me hacía sentir en ese momento era incomparable, ningún otro hombre me había hecho venirme tanto como él. 

Los lengüetazos se detuvieron y los dedos de Jerry empezaron la exploración. Podía sentir la humedad creciente que brotaba de mi vulva; por más que Jerry había bebido, el manantial era inagotable. Sus dedos resbalaban por entre mis labios tocando cada centímetro, cada milímetro y haciéndome gemir más y más fuerte. 
—Chiquita… Me encanta que grites así… 
—Jerry… No puedo más… No… pue… do… 
—Claro que puedes… Claro que puedes… Sigue gritando, grita todo lo que quieras. 
Y dos de sus dedos por fin me penetraron. Mi vagina se contrajo igual que mi garganta al sentirlo. Sus dedos se movían hacia adentro y hacia fuera haciendo círculos dentro de mis labios y pegando contra la parte anterior de mi vientre llegando justo al punto… 
—Jeeeeeeeeeeee!!!!! 

Mis convulsiones fueron cada vez más profundas, mi cadera se movía completamente arrítmica mientras mis gemidos se convertían en palabras. 
—¡Me vengo!... ¡Jerry!... ¡Me vengo! 
Con su mano libre, Jerry desgarró por completo el negligé, apoyó sus rodillas a un lado de mis muslos y se trepó sobre mi cuerpo a horcajadas. 
—Levántala, chiquita… Levanta tu cadera. 
La levanté y Jerry pudo penetrarme sosteniéndose con los brazos a un lado de mis piernas. 

Su pene entró con la facilidad que lo hicieron sus dedos, y mi placer fue todavía mayor. El sentir su miembro completamente erecto, hinchado y lubricado en mi interior me provocó otro orgasmo. Quería tocarlo, quería arañarlo pero las esposas me lo impedían, las amarras me detenían, sólo podía ver la pantalla y nuestros cuerpos unidos por el centro balanceándose: él hacia delante y atrás, y yo hacia arriba y abajo. Jerry empezó a gritar, era como si estuviera montando una yegua salvaje que trataba de dominar. Sus convulsiones aumentaron y con una mano sacó su pene de mi vagina, lo siguió frotando hasta que la espuma blanca empezó a salpicar mi cuerpo. Sentía las gotas y los chorros de su semen ardiente caer en mi cuerpo. Intenté esparcirlo por mis senos, pero de nuevo las esposas y las amarras no me lo permitieron. Jerry volvió a adivinar mi pensamiento: 

—¿Quieres que te lo embarre? 
—Sí… Embárralo por encima de mis senos… Llénalos de tu leche…
y sus manos empezaron a esparcir la espuma derramada, acariciándolos y estrujándolos al mismo tiempo. Yo me quería soltar, necesitaba soltarme, abrazarlo y besarlo. 

Jerry recobró el aliento y por fin me liberó. Me bajó de la plancha y me quitó las esposas. El Jacuzzi nos esperaba. Caminamos tomados de la mano hasta la tina, me acurruqué en sus brazos dejándome consentir como sólo él lo sabía hacer. 

—¿Y ahora a qué quieres jugar?– me preguntó abrazándome en la tina —Porque todavía tengo muchos juguetes por estrenar.