metÁfora

Placeholder

Después del gusto, el tacto es uno de los sentidos que más placer pueden dar. Nada se puede comparar a la sensación que provoca acariciar un durazno lenta y suavemente, con la yema de los dedos. La tersura de la piel puede causar infinidad de imágenes en la mente, pero al sentir la perfección de su curvatura combinada con el delicado vello que protege la piel, no puedes evitar recordar la turgencia de aquellos senos que probaste por primera vez. 

Exploraste cada milímetro de ellos originando una corriente de energía que hicieron explotar y erectar dos puntos rígidos y firmes que parecían señalar el lugar preciso donde habías de detenerte. Su sabor era nuevo para tu boca, como aquella ocasión en que engulliste un durazno por primera vez y quedaste fascinado por su néctar. La suavidad de la carne, la sensación de la piel entre tus dientes, y la miel que escurría por tus labios es la misma que entonces disfrutaste entre sus piernas... y aquel olor sólo te puede provocar el deseo de seguir avanzando hasta dejar vacío el cáliz con el que sacias tu sed. 

No puedes dejar de admirar la perfecta simetría que existe entre ambos costados al abrir el fruto por la mitad. La diferencia de tonalidades en la piel y el centro inundado de miel transparente son tan dulces como la fruta misma, tanto que te invita a probarlo, a lamer poco a poco la savia que derrama por en medio y mojar tus labios con los de ella. Tus manos también quieren intervenir, sentir la humedad que emana de la paredes con cada uno de tus mordiscos, es inevitable que uses tus dedos para intentar llegar más hondo, o para limpiar las gotas de néctar que se convierten en evidencia sobre tus labios. Sin poderte contener uno de tus dedos se pasea por la pequeña abertura al centro del durazno, recorriéndolo con delicadeza para sentir el rocío que brota por naturaleza, y una vez que tu dedo se ha empapado de él, lo llevas a tu boca para probar cómo sabe tu piel combinada con su sabor. 

El sabor es único y embriagante. El olor que ha dejado sobre tus dedos llega hasta lo más hondo de tu ser pidiendo un poco más, pidiendo que ese bálsamo hipnotizante inunde cada uno de tus poros, pero en especial los más rígidos de tu cuerpo. Es así como poco a poco la pequeña cavidad se transforma en una madriguera donde quieres anidar, donde la cálida humedad que recibes te lleva al éxtasis dejando caer tus labios sobre esos dos puntos rígidos y suaves a la vez, que al tocarlos en un principio te hicieron recordar el fruto más dulce y erótico que tus ojos hayan descubierto.