sex 101

Placeholder

A lo largo de mi vida he tenido muchos maestros a quienes debo agradecer lo que soy y hasta donde he llegado; sin embargo hay uno de quién tal vez jamás podré hablar, y mucho menos reconocer públicamente.
 
Su enseñanza no se compara con ninguna otra, sus consejos, sus palabras me enseñaron a desinhibirme, a perder mis miedos y a encontrar una seguridad que jamás pensé tener. Me llevó de la mano a descubrir un mundo casi virgen para mí, del que creía conocerlo todo cuando en realidad no era más que una principiante. Pero lo más importante, me enseñó a pedir más. 

Me vio por primera vez en el bar de un hotel. Yo esperaba a mis amigas que, como de costumbre, estaban retrasadas. A mi alrededor había varios hombres, todos vestidos de traje, tal vez cerrando negocios o como él, buscando aprendices. El mesero llegó con un mensaje escrito a puño y letra en una hoja membretada del hotel: "De ante mano te pido que no te ofendas por mi proposición. Sólo voy a estar 3 días en la ciudad y qué mejor que pasarlos en excelente compañía. Te invito a comer mañana. Te espero en el restaurante francés del hotel a las tres.” No había terminado de digerir sus palabras cuando las risas de mis amigas me hicieron guardar la nota y no mencionar nada al respecto. El resto de la noche lo pasé intentando adivinar quién de todos esos hombres era el que me había enviado la nota. 

No lo niego, la curiosidad siempre ha sido uno de mis peores defectos, y por supuesto que me presenté al día siguiente en el lugar y a la hora señalada. No tenía idea de cómo iba a reconocerlo, pero sabía que él sí me reconocería. Apenas eché un vistazo al interior del restaurante cuando su voz me hizo voltear en sentido contrario: 

–Gracias por aceptar la invitación. 
Lo primero que apareció ante mis ojos fue su rostro; largo, de mentón cuadrado, viril, con una sonrisa perfecta enmarcada por un pequeño hoyuelo en la barba y unos ojos verdes de mirada profunda. 
–Adelante, la mesa está lista. 
Caminamos juntos hasta la mesa y yo aún no pronunciaba palabra. Sólo podía observarlo, intentaba recordar su rostro de la noche anterior, pero la imagen nunca apareció. 
–Tu nombre es… 
–Debby… Déborah. ¿Y usted? 
–¿Tan viejo te parezco? 
–No, no… Perdón. 
–Dejémoslo en Carlos. 
–¿Cómo sabías que iba a venir? 
–No lo sabía, pero como hombre de negocios, me gusta tomar riesgos. 
Además de guapo y varonil era muy seguro de sí mismo.

Durante la comida hablamos de él, sus negocios, sus viajes y sus constantes visitas a la ciudad. Por más de dos horas sus ojos no se desprendieron de mi rostro y mi figura; aún mientras comía podía sentir su mirada clavada en mis labios y en mis manos lo cual en más de una ocasión me hizo sonrojarme. Carlos lo percibió y me pidió disculpas diciendo que era algo inevitable; cada vez que tenía algo hermoso frente a él no podía dejar de admirarlo. Sus palabras me sonrojaron aún más, e intentando tranquilizarme cubrió una de mis manos con una suya. 

En ese entonces mi experiencia con el sexo opuesto era casi nula y no podía distinguir de una frase hecha a una natural; y por supuesto las frases de Carlos me parecieron no sólo naturales, sino hechas a mi medida, por eso no titubeé cuando me ofreció subir a su habitación para tomar el café. 

Tenía una de las suites presidenciales desde donde se podía observar casi toda la ciudad. A los pocos minutos de haber entrado llegaron con el servicio del café y una botella de vino tinto que había elegido con anterioridad. Aunque yo tenía 26 años no quería comportarme como una niña menor de 18 y por eso acepté beber el vino en lugar del café. 

Su despliegue de galantería me tenía ensimismada, nunca antes un hombre se había comportado de esa manera conmigo, bueno nunca antes había convivido con un hombre mayor de 30 años, y Carlos tenía alrededor de 45. 

Así como consiguió que me presentara en el restaurante, que aceptara subir a su habitación y que accediera a tomarme más de la mitad de la botella de vino, del mismo modo me convenció para que le contara anécdotas de mi vida sexual. A mis 26 años sólo había tenido sexo con 3 hombres así que no había mucho que contar, pero mientras lo hacía sus manos se las arreglaron para empezar a acariciar mis piernas, y decirme lo suave que era mi piel. Para ese momento ya estaba sumamente excitada, su juego de seducción estaba dando el resultado que yo creía que él esperaba y por más que me acercaba y le ofrecía mis labios, el no los tomó. Por el contrario, me dijo que uno de los placeres más grandes es disfrutar hasta el límite de aquella excitación previa, de la tensión sexual que se puede generar entre dos personas, sin necesidad de llegar al clímax físicamente. 

Sus palabras me desconcertaron, literalmente fueron como un balde de agua fría que me sacó de la ensoñación y que secó por completo mi entrepierna. Carlos me sonrío. 
–No estoy diciendo que no vamos a tener sexo, claro que sí, pero antes de llegar ahí, quiero enseñarte a disfrutar de lo que hay alrededor de él. 
Y sus manos se posaron sobre mis hombros. Podía sentir su respiración sobre mi cuello mientras seguía hablando. 
–¿Alguna vez te han dado un masaje erótico? 
–No. 
–Mal, muy mal… Un masaje de este tipo es algo de lo mucho que tienes que aprender a disfrutar y a dar… 
Así empezó la primera lección. 

Me recosté en el sofá boca abajo. Carlos se sentó sobre mis piernas y sus manos empezaron a recorrer mis espalda y hombros, las puntas de sus dedos eran suaves pero al mismo tiempo firmes, y por más que parecía que llegarían a los puntos más erógenos de mi cuerpo nunca los alcanzaron. Mi piel estaba completamente erizada bajo la delgada tela de mi ropa, y en la cuenca formada al centro de mis muslos empezaba a formarse un pequeño manantial. Durante todo ese lapso sus dedos jamás tocaron mi piel, sin embargo mis sentidos podrían jurar que el tacto era explícito.

Para cuando me hizo recostarme boca arriba, mis pezones estaban rígidos como dos rocas que con su innegable filo intentaban desgarrar las dos capas de tela que los cubrían. 

Carlos seguía sonriendo y sus dedos se dieron a la tarea de seguirme tocando, de seguir palpando centímetro a centímetro mi cuerpo sin tocar la piel. Lentamente sus dedos tocaron el perímetro de mis senos como siguiendo las costuras del brassiere y mis manos se encresparon sobre el sofá. 
–¿Cómo te sientes? 
–Muy excitada. –más que palabras, los sonidos emitidos por mi boca parecían jadeos. 
–De eso se trata… De que tu cuerpo pida lo que necesita. De que identifiques exactamente sus necesidades, no las tuyas, sino las de tu cuerpo… Si tuvieras qué elegir en este momento, ¿qué parte necesita más atención? 
–Todo. 
–No, no… Cierra los ojos… Concéntrate bien… ¿Por dónde quieres que empiece? ¿Por tus senos…? ¿Por tu vagina…? ¿Por tus labios…? 

¡Tenía razón! Antes de esa pregunta en lo único en lo que podía pensar era en que me penetrara y me acariciara los senos. Nunca en que me besara. Fue como apretar el botón indicado para que mis labios, mi boca y mi lengua demandaran la misma atención que el resto de mi cuerpo. 
–Mis labios… –le dije convencida de la respuesta. 

Carlos se inclinó sobre mí, deteniendo mis manos con sus brazos para evitar que lo pudiera tocar. Lo único que podía tener contacto eran nuestros labios. Nada más. 

Su beso, igual que su mirada y su tacto, fue profundo, suave, firme. Un beso que no sólo me robó el aliento, también me vació por completo. Sus dientes daban pequeños mordiscos sobre mis labios y con una delicadeza inexplicable se apoderaron de mi lengua, que chupó y succionó de la misma forma en que yo quería hacerlo con él. 

Al final del beso, mi imaginación se echó a volar tratando de averiguar qué vendría después. 

Carlos volvió a su posición, sentado sobre mis piernas y con su mirada penetrante intentando ver más allá de mi rostro. 
–¿Ves cuán importante es reconocer lo que nos pide el cuerpo? 
Solo asentí, y sus dedos empezaron a desabotonar mi blusa. 
–¿Cómo sabes qué es lo que quiero? 
–No, no lo sé… Y todavía no quiero que me respondas. Cierra los ojos… Concéntrate… Ahora soy yo quien debe responder a lo que mi cuerpo quiere. Y lo primero que requiere atención en este momento es mi mirada. Quiero verte, admirarte, que mis ojos se cansen de ver tu cuerpo casi desnudo. Que se cansen de ver tu silueta rogar por lo que sigue. 

Abrí los ojos, mi blusa estaba completamente abierta y mi falda tirada a un lado del sofá. En efecto, Carlos me admiraba, sus ojos recorrían mi cuerpo como quien observa una obra de arte para encontrar el mensaje del autor. No pude distinguir qué punto llamaba más su atención, era como si el todo fuera un solo punto que lo hipnotizaba. 

–Quiero pintarte. 
–¿Cómo? 
–Sí, quiero pintarte.
–No entiendo. 
–No te muevas. 
No sé por qué le obedecí, pero el tiempo que tardó en regresar a esa parte de la suite, permanecí inmóvil, como si un imán me tuviera pegada al sofá. Carlos entró con una caja de madera en las manos y pinceles. Fue hasta entonces cuando me senté en el sofá. ¿En dónde me iba a pintar? Miré a mí alrededor y no encontré ningún lienzo o cuaderno donde pudiera plasmar mi imagen. 
–¿En qué me vas a pintar? 
–Te voy a pintar a ti. Quiero pintar tu cuerpo. Que sientas la suavidad de las cerdas, mojadas en la pintura, sobre tu piel… 

Sus manos rodearon mi torso y por fin se deshizo de mi brassiere. Yo seguía tratando de entender lo que había dicho. Ahora sus ojos estaban fijos sobre mis senos, los miraba como si con ellos pudiera acariciarlos y sentirlos, incluso alcancé a escuchar un pequeño gemido que escapó de su boca mientras los observaba. Su mirada me volvió a excitar, sentía una necesidad urgente de que me tocara, de que los besara, los acariciara y los hundiera en sus labios como había hundido mi lengua en su boca. 
–¿Quieres tocarlos? 
–No… Prefiero sentirlos a través del pincel… Que él me cuente de su suavidad y su textura. Acuéstate… 
Volví a obedecer, era como si sus ojos tuvieran el control de mi voluntad, no podía negarme a nada que ellos me pidieran. 

Carlos abrió la caja de madera, tomó un frasco de pintura e inclinándolo sobre mi pecho dejó escurrir un chorro color verde sobre cada uno de mis pezones. Entonces, con delicadeza y lentitud paseó el pincel por encima de ellos haciendo que mi piel nuevamente se erizara y que mis labios volvieran a humedecerse por completo. 

–Con esta pintura puedo dibujar en tu cuerpo lo que yo quiera… Desde una prenda de ropa hasta una fruta o un bodegón completo… ¿Qué quieres que te pinte? 
–Lo que tú quieras… Lo que tus manos decidan. 
Empezaba a hablar y a pensar como él. Por su sonrisa pude darme cuenta que mi primera lección estaba casi aprobada. 

Cerré los ojos, y me dejé llevar por las sensaciones que la pintura y las cerdas provocaban en mi cuerpo, cada pincelada era como un beso frío que me recorría, como un pequeño lengüetazo de su boca para probar esa minúscula parte de mi ser. Empezaba a entender las primeras palabras de la lección “uno de los placeres más grandes es disfrutar hasta el límite aquella excitación previa, la tensión sexual que se puede generar entre dos personas, sin necesidad de llegar al clímax físicamente”. Y lo estaba logrando. Mientras el pincel recorría mi vientre podía sentir las palpitaciones y contracciones que el movimiento del pintor creaban debajo de mi piel. Cada chorro de pintura era como una descarga eléctrica que me recorría de pies a cabeza, como si sus dedos recorrieran mi clítoris completamente hinchado y húmedo queriendo provocarme un orgasmo eterno. 

Ya no podía controlar la respuesta automática de mi cuerpo, conforme se iba acercando a mi pubis mi cadera empezaba a mecerse, subía un poco y luego bajaba gritando por su atención. Carlos seguía sonriendo. 
–Tu cuerpo habla por sí mismo… 
Y el pincel llegó al punto más álgido de mi anatomía… La pincelada fría entre mis labios húmedos me hizo gemir, casi gritar y estallar. 
–Creo que tendré que secar esta parte del lienzo antes de seguirte pintando… 
Sus dedos, así como habían recorrido otras partes de mi cuerpo, empezaron a recorrer el estrecho camino húmedo que se abría entre mis piernas. Las yemas de sus dedos apenas lo rozaban y el manantial seguía brotando, seguía emanando casi a gritos exigiendo su dura presencia. Pero él también respondía a lo que su cuerpo pedía; no importando que mi cuerpo pidiera algo distinto al suyo, Carlos hundió sus manos bajo mi cadera para levantarla y poder hundir su boca en mis labios. Mi garganta por fin se dejó escuchar, mis gemidos se acoplaron al ritmo que llevaban mis manos al golpear los costados del sofá, y el mismo que su lengua marcaba al pasearse por el sendero anegado de mi entrepierna. Podía sentir cómo su boca intentaba saciar su sed conmigo, una interminable sed que quería resecar el arroyo, pero no lo conseguía. 

Por fin sus labios se desprendieron de los míos, y entonces mi mirada habló por primera vez. Carlos lo entendió, se deshizo de su ropa interior y sentándome sobre sus muslos dejó que mi cuerpo hablara con el suyo. El lenguaje era perfecto, unísono. Mis labios húmedos acariciaban y cubrían su rigidez, subían y bajaban en un compás perfecto de tiempo y movimiento. Se moldeaban y abrazaban como hechos a la medida, de la misma forma en que nuestras bocas se embonaron y sus manos por fin le dieron cabida a mis senos. Mientras yo subía y bajaba, sus manos jugaban con mis pezones y mis manos se aferraban a su espalda ancha y firme mientras mis piernas se flexionaban para sentir su firmeza cada vez más dentro de mí. No eran necesarias las palabras. Nuestros cuerpos hablaban por sí solos, se entendían por sí solos, se manejaban por sí solos en una sincronía perfecta que alcanzaron el éxtasis al mismo tiempo. 

Carlos no me dejó ir aquella noche. Faltaban muchas cosas más que debía enseñarme y que yo quería aprender. A partir de esa tarde me convertí en su pupila, en su alumna perfecta quien con el tiempo, según sus palabras, se graduó con honores.